Desde una esquina del tiempo llega el rumor de sus voces. Mucho de lo que susurran a mi oído nunca será conocido. Pero algunas palabras verán la luz del papel, y serán.



viernes, 28 de diciembre de 2012

Libertad



Estaba sentado junto al enorme ventanal, que daba al jardín. La tarde era luminosa, y los rayos del sol atravesaban la habitación, haciendo resaltar el blanco a la cal que lucían las gruesas paredes.

A lo lejos, por el camino que llegaba hasta la entrada de la casa, se veía venir a alguien, caminando muy despacio. Cuando estuvo a una distancia que le permitió reconocerlo, el hombre se paró de un salto. Acercó su cara casi hasta tocar el cristal de la ventana, como no dando crédito a lo que veía. Luego, caminó nerviosamente por la habitación, de un lado a otro, tratando de decidir qué hacer. Finalmente, se dirigió a la maciza puerta de roble, la abrió, y salió al pasillo. Allí la luz llegaba a través de una claraboya, cuyos cristales de colores daban un aspecto particular al ambiente. Pero no era la luz diáfana que entraba por los ventanales. Aquí, los cuadros y las esculturas proyectaban unas sombras extrañas, matizadas de distintos tonos.

Caminó hasta el otro extremo, y desembocó en un pequeño hall, donde se encontraba la puerta principal. Un instante antes de llegar, recordó que no traía la llave, por lo que giró sobre sus pasos y regresó a la habitación.

Al abrir la puerta, la oscuridad lo envolvió totalmente. Sólo el resplandor que venía del pasillo le permitió caminar unos pasos sin tropezar, pero duró muy poco, porque la pesada puerta se cerró tras él, y todo se volvió negro.

La sorpresa y la oscuridad lo paralizaron por unos minutos. Sintió las manos húmedas y temblorosas. Estiró los brazos, buscando a tientas una de las paredes. Necesitaba llegar al interruptor de la luz. Sus dedos chocaron con la dureza del muro, y comenzaron a recorrerlo. Notaba claramente las aristas irregulares de los toscos ladrillos. Aquello no era su habitación, de paredes lisas y blancas...

De pronto, una tenue luz rasgó la oscuridad, y escuchó unos pasos. Alguien se acercaba por el pasillo, y la luz se hacía cada vez más clara. Podía verlo, a través del hueco de la puerta, que ahora... ¡aparecía cerrado con una reja!

Se acercó a los hierros oxidados, y se aferró a los barrotes, sacudiéndolos, pero no cedieron un ápice. La cadena y el candado evidenciaban no haber sido abiertos en mucho tiempo.

El desconocido llegó frente a la puerta, y colocó en un soporte la lámpara de aceite que traía en su mano izquierda. Una gruesa capucha le cubría la cabeza y le ocultaba el rostro. En su mano derecha traía un plato de lata, con un trozo de pan y un vaso de agua, que dejó al pie de la reja. Luego se fue, lentamente, por donde había venido.

Del otro lado de los barrotes, un grito de horror pugnaba por salir de una garganta, mientras un cuerpo, cubierto de andrajos, se deslizaba, despacio, hasta caer de rodillas, sobre las cucarachas que se disputaban el rancio trozo de pan.
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miércoles, 12 de diciembre de 2012

Colores


La calle polvorienta se encuentra desierta. El calor agobiante del mediodía ha obligado a reducir los esfuerzos a su mínima expresión. Los niños han desaparecido en el interior de las casas, dejando tras de sí, en la tierra reseca, las marcas de sus juegos, que lentamente comienzan a borrarse, a manos del cálido viento del sur.

A la sombra de uno de los pocos árboles que ornan las veredas, un herrumbrado cartel señala la única parada de ómnibus que posee el pueblo.

Un rumor sordo comienza a hendir el pesado silencio. Desde el fondo de la calle, con un traqueteo lento y desparejo, el vetusto coche se aproxima, transportando una docena de pasajeros. Cuando llega frente al ilegible cartel, la puerta delantera se abre, con un chirrido lastimero. El conductor desciende, cansinamente, portando una gran corona de flores, sustentada en un trípode de madera, que deposita junto a la pared más cercana. Luego, hace lo mismo con un ramo, algo más pequeño.

Antes de retirarse, se persigna torpemente, y adivino que, dentro del ómnibus, todos hacen lo mismo

El destartalado vehículo reanuda su marcha, y la vereda polvorienta vuelve a quedar vacía. Los intensos rayos del sol se reflejan en la blanquísima cinta de seda que atraviesa la corona, luciendo, con letras doradas, el nombre del difunto.

Desde la esquina cercana, donde me he detenido a observar la escena, puedo advertir los casi imperceptibles movimientos de algunas persianas, y los consecuentes cuchicheos detrás de las ventanas. Pero sé que nadie saldrá a la calle. Entonces, aunque no había pensado hacerlo, me dirijo al velorio, para avisar a los familiares que algún amigo de la ciudad ha tenido con ellos un gesto de condolencia.

Y allí, junto a la pared semiderruida donde han quedado apoyadas, las coloridas flores regalan, contradictoriamente, una explosión de vida, que se da de lleno contra el ocre y el gris de este pueblo olvidado de la mano de Dios. 
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lunes, 3 de diciembre de 2012

Lugar


Soy de aquí

y aquí estoy,

porque es donde quiero

estar y ser,

ir y venir,

llorar y reír,

amar y creer.

Porque aquí

estás,

vives,

sientes,

amas,

y dejas que

me asome

a tu amor.
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martes, 20 de noviembre de 2012

Franela




Exhausto,
he dormido,
tras dura jornada.
El sol, que camina
impertérrito,
lleva en sus entrañas
el frío cansancio
de la noche
pasada.

La fina silueta
inclinada,
de la varita
de incienso,
señala,
aún sin la brasa,
un punto
en la nada.

Mi mano busca,
en la cama,
otra silueta:
la tuya,
la amada.

Mis dedos encuentran,
siguiendo tu aroma,
la presencia
cálida,
tersa,
suave,
delicada,
de tu sexy
pijama
doblado
en la almohada.
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martes, 13 de noviembre de 2012

Entrevista



Anteriormente he compartido con ustedes mi participación en el reto propuesto por Mos en su blog "Mos en la orilla", en el cual mi texto "Metamorfosis" resultó ganador, por el voto de participantes y lectores. Uno de los "premios" era que Mos realizaría una entrevista a cada uno de los ganadores, (tres en cada categoría), y la publicaría en su blog, como forma de conocernos mejor en este mundo de redes. Pues bien, ahora comparto dicha entrevista, y al final tienen el enlace al blog de Mos, para conocer a los demás participantes.



HUGO JESÚS MION

Hola Hugo, en primer lugar quiero felicitarte por ese primer puesto conseguido con tu relato en el reto  METAMORFOSIS y agradecerte la facilidad que me has dado para hacer esta entrevista.
Creo que es interesante saber un poco más de ti; por ejemplo a qué te dedicas, desde cuándo escribes, qué otras aficiones tienes, etc., etc.
He trabajado en muchas cosas a lo largo de mi vida, fundamentalmente en la construcción (albañil por más de 25 años) en la seguridad privada y en radio. Actualmente tengo una pequeña empresa de Construcción. Tengo 49 años, y he tenido 4 hijos junto a mi primera esposa, ya fallecida. 
Desde niño tuve facilidad para redactar textos, y desde la adolescencia comencé a escribir poesía. Hace un par de años incursioné en el relato corto, y me he sentido cómodo.
Otra afición que puedo mencionar es la fotografía, aunque totalmente amateur y sin ningún tipo de formación.

¿Has pertenecido a algún taller literario?, ¿qué opinión tienes de ellos?
He intergrado dos años un taller de escritura, corrección y reescritura, vía internet, que no es estrictamente un taller literario. Ha sido muy importante para mí, pues me ha abierto la mirada hacia todos los géneros y estilos. Ha sido el disparador que me ha impulsado a escribir cuentos y relatos, y debido a ellos estoy aquí, ¿no es cierto?
Creo que en esta época de ciber-comunicación, el mundo de los blogs cumple muy bien la función de “taller literario”, por más que no haya un coordinador, el hecho de compartir ayuda a crecer y descubrir nuevas posibilidades.

¿Te manejas mejor en prosa o en verso?
Lo mencioné antes, he descubierto mi potencialidad en la prosa, y estoy explorando ese camino, tal vez dejando un poco de lado la poesía. Pero cada situación o sentimiento tiene su propia forma de expresión, ya sea en prosa o en verso, y me siento cómodo en ambas.

¿Dónde buscas la inspiración?, ¿con qué género te sientes más cómodo?
La participación en el taller, que he mencionado antes, hace que cada mes deba escribir tres o cuatro textos donde la inspiración es “dirigida” por un texto motivador y una propuesta concreta, y eso es un excelente ejercicio. Luego, la inspiración puede nacer de cualquier lado: de una emoción, un sentimiento, una frase leída al pasar, o un trozo de la letra de una canción. Muchas veces escribo una frase al azar, y desde ahí nace un cuento, yendo contra la regla que dice que hay que conocer el final, antes de empezar a escribir…
Estoy escribiendo cuentos cortos, micro y nano relatos. Por un lado, me siento cómodo, y por otro, en este mundo de los blogs y las páginas literarias, lo breve es lo que “funciona”, yo mismo desisto de leer los textos largos, muchas veces, por falta de tiempo.

Y las críticas, ¿aceptas bien las críticas?
Las críticas son fundamentales para quien quiere desarrollarse en la escritura. Hasta el texto más cuidado adolece de errores cuando son más ojos los que lo leen. Pero en este mundo de los blogs o las páginas no es muy común que se critique con hondura y objetividad. Hay muchos errores, algunos garrafales, pero nadie se atreve a mencionarlos. Se forman redes de simpatía y amistad, y erróneamente todos se cuidan de no “ofender” al otro marcándole un error. Hay, además, una tendencia a valorar el mensaje del texto por sobre su presentación –ortografía y gramática-, y eso hace que se toleren verdaderas aberraciones porque “me gustó”, o “me hizo llorar” o “me hizo reír”. En ese sentido, soy un “maniático” de la corrección. Pero comprendo las susceptibilidades, y generalmente trato de hacer las observaciones por mensaje privado, o con mucha cautela.

¿Tienes algún premio literario?
No, ninguno. Hasta ahora, que he recibido esta cálida aceptación en la orilla de Mos…

¿Con qué escritores te identificas?
Con ninguno en particular, creo que eso sería demasiada arrogancia. Tomo cosas de aquí y de allá, Cortázar, Poe, Lovecraft, Bécquer, Machado, Rubén Darío, y los uruguayos Morosoli, Horacio Quiroga, Juana de Ibarbourou, Benedetti.

He visto que abriste tu blog “De musas y otros cuentos” en enero de este año. ¿Qué te impulsó a ello?
El deseo de compartir y conocer lo que otros están escribiendo, cómo cada uno encara el proceso creativo, los temas y las técnicas que se eligen. Hay mucha riqueza en la blogósfera, creo que en eso todos estamos de acuerdo.

También tienes abierto el blog “A través de las fotos”. ¿Qué intentas aportar con él?
Abrí ese blog para repicar la experiencia que nació en Facebook, con la página del mismo nombre “A través de las fotos”, donde subo distintas fotos de paisajes de mi país, especialmente de la zona donde vivo, la ciudad de Florida y su entorno. Actualmente tiene casi mil seguidores, y es muy visitada por los uruguayos que residen en el exterior. Siempre aclaro que no soy fotógrafo profesional, y que sólo cuento con una cámara sencilla. Pero lo hago con cariño y la gente lo valora. Se trata de encontrar belleza en lugares que transitamos todos los días, inmersos en la prisa y la rutina. Este blog, realmente, lo tengo bastante descuidado.

En general son las mujeres las que más visitan los blogs. También las que más leen libros por lo que observo de camino al trabajo. ¿A qué crees tú que se debe esto?
No tenía presentes esos datos, tal vez tengan varias lecturas. Siempre se ha dicho que en la mujer anida mucho más la sensibilidad que en el hombre, y ésta se necesita para disfrutar y valorar la literatura. También pueden influir las consecuencias de la sociedad (todavía) machista: las limitaciones en el acceso al mundo del trabajo hace que tengan más tiempo para dedicar a estos temas, y por otro lado, muchas mujeres viven una especie de liberación a través de las redes, donde se expresan y comparten cosas que, en la vida “real”, no pueden compartir.

¿Qué consejo darías a quién quiera escribir?
Leer y escribir mucho. Leer lo que sea y escribir lo que sea. Leyendo se aprende ortografía y gramática, se conocen distintas palabras, géneros, estilos, formas de ver la vida y el mundo. Escribiendo, se aprende a escribir. No creo que haya otra manera.

Si paseamos por la blogosfera literaria podemos observar que hay cientos de blogs de gente que escribe. Es imposible acceder a todos. ¿En qué criterios te basas para seguir un blog?, ¿Qué opinión tienes del blog “Mos en la orilla”?
Es cierto, es imposible conocer todos y cada uno de los blogs, uno se siente impotente, cuando ve pasar páginas interesantísimas, y no tiene tiempo ni para leer el encabezado. Hay mucho de azar en la forma en que uno se conecta con ciertos sitios determinados. Entras a un blog que te gusta, lees un comentario interesante, vas al blog del autor, allí miras los seguidores y vas a otro blog, y así te pierdes en la red y no recuerdas cómo comenzó el camino. Si me apuras, no sé cómo llegué a tu orilla… Influye mucho la gente que te lee y te sigue, pues devuelves las visitas y conoces lugares muy ricos. Pero todo está fatalmente determinado por el tiempo de que dispones.
Tu orilla, Mos, tiene características particulares, pues no haces énfasis en tus propios textos, que los tienes y muy buenos, sino en la participación de los lectores. No hay muchos blogs con ese estilo, y por eso atrae a tantos amigos. Muestra mucha generosidad de tu parte, porque ofreces tu lugar y dedicas muchísimo tiempo a elaborar y desarrollar las distintas propuestas.

Bueno, Hugo, hasta aquí unas cuantas preguntas más “literarias”; ahora me gustaría que contestases al cuestionario Proust lo más sinceramente posible:

CUESTIONARIO PROUST

1. – ¿Principal rasgo de tu carácter?
Romántico, a la vieja usanza.
2. – ¿Qué cualidad aprecias más en un hombre?
La responsabilidad.
3. – ¿Y en una mujer?
La femineidad, que sea mujer.
4. – ¿Qué esperas de tus amigos?
Sinceridad y respeto.
5. – ¿Tu principal defecto?
La ansiedad.
6. – ¿Tu ocupación favorita?
Leer y escribir.
7. – ¿Tu ideal de felicidad?
Se construye día a día.
8. – ¿Cuál sería tu mayor desgracia?
Perder la integridad.
9. – ¿Qué te gustaría ser?
Lo que soy, con algún defecto menos.
10. – ¿En qué país desearías vivir?
Donde vivo, Uruguay.
11. – ¿Tu color favorito?
Azul.
12. – ¿La flor que más te gusta?
La rosa.
13. – ¿El pájaro que prefieres?
El hornero.
14. – ¿Tus autores favoritos en prosa?
Juan José Morosoli, Cortázar.
15. – ¿Tus poetas?
Bécquer, Juana de Ibarbourou.
16. – ¿Un héroe de ficción?
Tal vez  El Zorro…
17. – ¿Una heroína?
La Pequeña Lulú…
18. – ¿Tu compositor favorito?
Si te refieres a la música clásica, ninguno.
19. – ¿Tu pintor preferido?
Joaquín Torres García.
20. – ¿Tu héroe de la vida real?
José Gervasio Artigas.
21. – ¿Tu nombre favorito?
Jesús. Lo llevo yo y uno de mis hijos.
22. – ¿Qué hábito ajeno no soportas?
La manía por el orden.
23. – ¿Qué es lo que más detestas?
La injusticia.
24. – ¿Una figura histórica que te ponga mal cuerpo?
Pinochet. (Tal vez le quede grande lo de figura histórica).
25. – ¿Un hecho de armas que admires?
Valoro los que llevaron a la independencia de mi país, aunque los hechos de armas no son de admirar.
26. – ¿Qué don de la naturaleza desearías poseer?
La renovación, aún en las condiciones más hostiles.
27. – ¿Cómo te gustaría morir?
En paz conmigo mismo.
28. – ¿Cuál es el estado más típico de tu ánimo?
Huy, huy… ¿Fluctuante?
29. – ¿Qué defectos te inspiran más indulgencia?
Todos, porque todos los tenemos.
30. – ¿Tienes un lema?
No, cada situación de vida requiere un “lema” o un principio que oriente nuestras acciones.

Y esto es todo, estimado Hugo. Gracias por contestar a mis preguntas y sigue escribiendo porque nos gusta lo que escribes.
Un abrazo de Mos desde la orilla de las palabras.


domingo, 11 de noviembre de 2012

Un blog amigo (III)


Comparto un enlace a mi participación, en este mes de Noviembre, en el blog amigo "Esta noche te cuento".

http://estanochetecuento.blogspot.com/2012/11/nov77-despedida-de-hugo-jesus-mion.html

Los invito a leer éste y los demás textos, de todos los participantes. El tema del mes es: "Como el fuego..."

domingo, 4 de noviembre de 2012

Un blog amigo (II)


Les comparto con alegría que mi relato "Metamorfosis" ha resultado ganador del reto planteado por Mos en su blog, gracias a los votos de participantes y lectores. Invito a todos para que visiten ese cálido lugar, y puedan disfrutar de todos los relatos y poemas participantes, así como las anteriores entradas publicadas por el hospitalario organizador.
El enlace al blog es el siguiente: http://mosenlaorilla.blogspot.com/

Los textos participantes están en la entrada http://mosenlaorilla.blogspot.com/2012/10/metamorfosis-el-nuevo-reto-en-la-orilla.html

Gracias a todos y buena lectura.
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miércoles, 24 de octubre de 2012

La partida


            Los dos hombres habían sostenido la partida de ajedrez durante casi dos horas. La mesa que ocupaban estaba en un rincón apartado del café que frecuentaban desde hacía muchos años.

            De los pocillos, sólo habían bebido un sorbo. Después, habían quedado a un lado, casi llenos de café frío y olvidado, haciendo de mudos testigos de aquel desafío. Era la enésima edición de aquella eterna batalla.

            Cada día, a las dos de la tarde, los dos llegaban cansinamente a aquella esquina, en el centro del pueblo. El dueño del local, sin mediar palabra, dejaba sobre la mesa los platillos, con las tazas humeantes. Movía imperceptiblemente la cabeza, y se retiraba a su lugar, tras el mostrador.

            En aquella mesa, siempre estaba dispuesto el tablero para el juego, y en una caja de madera, las piezas, desordenadas.

            Los parroquianos habituales del lugar ya conocían aquella especie de ritual, que se repetía diariamente, desde hacía tanto tiempo, por lo tanto, no les prestaban mayor atención.

            Todo lo que había alrededor, personas y muebles, había ido envejeciendo junto con ambos contendientes.

            Un visitante, que hubiera llegado allí por primera vez, y observado con atención la escena, descubriría algunas peculiaridades. Desde el mismo comienzo, la situación era extraña porque, a ambos grupos de piezas, le faltaba una: un caballo, del lado de las negras, y nada menos que la Reina, del lado de las blancas.

            Pero los dos hombres parecían hacer caso omiso de esa situación, y disponían todo para el juego, turnándose cada día los colores, disputando la partida con aparente normalidad.

            Un jugador avezado repararía en la clara superioridad con que iniciaba el juego quien manejara las piezas negras, pero ellos no se inmutaban. Esto podría parecer lógico, dado que cada día intercambiaban las piezas, y por lo tanto, también la ventaja. Y en esto, se daba la lógica: cada día ganaba la partida el que jugaba con las piezas negras.

            Entonces, el vencedor se ponía de pie. Arreglaba un poco sus ropas, ajadas y desteñidas, y giraba su rostro, triste y avejentado, hacia la pared, tras el mostrador. Por entre las botellas, el espejo oxidado le devolvía una imagen joven y vigorosa, con una sonrisa alegre, llena de esperanza.

            Caminaba hacia la puerta, que se abría en la ochava de la esquina, frente a la plaza, y bajaba a la vereda. Se quedaba parado, con la vista fija en el fondo de la calle principal, hasta que las campanas de la iglesia anunciaban las cinco de la tarde. Dejaba pasar dos o tres minutos y luego, con la pesadez propia de la desilusión, volvía sus pasos hacia la mesa del rincón, donde su compañero lo esperaba, cabizbajo, mientras recogía las piezas, y las colocaba lentamente en la caja.

— Hoy tampoco ha venido. ¡Cantinero! ¡Dos ginebras!

            Y como había sucedido cada día, durante los últimos años, comenzaba el ir y venir de los vasos. Llenos... Vacíos... Llenos... Vacíos...

            Cuando llegaba la medianoche salían, abrazados, sosteniéndose uno al otro y se dirigían, tambaleantes, a sus casas.

            Nadie los esperaba. La soledad se había adueñado de sus vidas desde su juventud, desde que la fatalidad había entrecruzado sus historias, y los había unido para siempre.
                                                           * * *
           
            Ella tenía una belleza sin igual. Su frescura los había cautivado a ambos, y ambos habían dejado volar sus ilusiones tras el eco de su risa. Ella supo lo que pasaba en sus corazones, pero su propio corazón no supo decidirse por uno de ellos. El pequeño poblado no le daba muchas más posibilidades, por lo que tampoco pudo rechazarlos a los dos.

            Tal vez fueron su inocencia y su inmadurez que la llevaron, un día cualquiera, a proponer el desafío: ella saldría hacia las afueras del pueblo y cabalgaría hacia la zona escarpada de la montaña. Ellos saldrían una hora después. El que la encontrara, sería el dueño de su corazón. Tan sencillo y tan drástico como eso.
                                                          
                                                           * * *

            Sobre el mármol húmedo y frío del mostrador, un vaso de vino me separa del rostro taciturno del dueño del café. Tiene unos cuarenta años, y la historia, más de treinta. Los detalles los conoce por boca de su padre, que siempre vivió en el pueblo. Él los ha repetido miles de veces, a los curiosos. Ahora, los relata para mí.

            La aciaga jornada se inició con una mañana gris. El día se mantuvo oscuro, tal vez como presagio de lo que vendría. Las mesas del café se llenaron de un silencio pesado, expectante, que se extendió después por los árboles de la plaza, apagando los trinos, y apretujó los ojos y los labios que velaban, detrás de las persianas.

            A las cinco de la tarde, los dos jóvenes regresaron desorientados, con las manos vacías, sin comprender. Se apearon frente al café, y se quedaron parados allí, con los brazos caídos al costado del cuerpo y la mirada perdida hacia el fondo de la calle.

            Sólo les quedó, grabada indeleblemente en su vida y en sus ojos, la imagen de la mujer que amaban, con su blusa blanca, desafiando al viento, partiendo al galope en su caballo negro.
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martes, 23 de octubre de 2012

Un blog amigo (1)


Amigos, he tenido el honor de que Luisa Hurtado González haya publicado en su blog uno de mis relatos. Y también la alegría de que Amparo Martínez Alonso haya aportado una sabia ilustración, muy adecuada y sugerente.
Invito a todos a trasladarse hasta allí, a conocer el blog de Luisa y dejar sus comentarios.
¡Gracias a todos!
A continuación, les dejo el enlace;
http://microrrelatosalpormayor.blogspot.com/2012/10/bioscuridad.html?showComment=1350957252528#c1308486634893790052

martes, 16 de octubre de 2012

Futuro


   Con manos temblorosas, tomó la pequeña maceta, y la contempló un instante. Sus ojos se humedecieron. El endeble tallo de la planta se erguía desde un poco de tierra arenosa, que parecía apenas sostenerlo. Tres hojas, verdes y aterciopeladas, surgían a los costados y, en el extremo, un blanco botón anunciaba el inminente advenimiento del primer pimpollo.

   Dos lágrimas brillantes corrieron por sus mejillas, y el temblor emocionado de sus manos se fue contagiando al resto de su cuerpo.

   Avanzó hacia la ventana, conteniendo la respiración, llevando el cuenco entre sus manos, como si se tratara de un tesoro muy frágil. La abrió, y colocó la maceta en el alféizar, haciendo una mueca de desagrado, ante la ráfaga de aire ardiente y viciado que penetró en la habitación.

   Afuera, nada había cambiado. Hasta donde alcanzaba la vista, todo era desolación. Edificios y calles destruidas, columnas y cables por el suelo, vehículos abandonados, muchos de ellos incendiados. La permanente bruma que formaban los gases y las partículas, apenas permitía vislumbrar la luz del sol. No se escuchaba ningún sonido. No se distinguía presencia humana, ni siquiera de algún animal o insecto.

   La mujer apartó la mirada de aquel tétrico escenario, y volvió a posarla en la planta, cuya verde silueta se recortaba en la ventana, contrastando escandalosamente con el gris ceniciento del exterior.

   Sus manos, ya sin temblores, fueron a juntarse sobre la curva pronunciada de su vientre, y en sus labios asomó, muy levemente, la promesa de una sonrisa.
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miércoles, 3 de octubre de 2012

Luz


El agua se deslizó por las ventanas, dibujando tortuosos surcos en el polvo que cubría los cristales.

En la última hora de la tarde había comenzado a llover copiosamente, y ahora, ya entrada la noche, el suelo estaba anegado, y los relámpagos continuaban su intermitente irrupción en la oscuridad del cielo.

La violencia y el estruendo de un rayo se hicieron sentir por sobre el cercano bosque de pinos, y el eco de la descarga se fue apagando, lentamente, hasta perderse en los arbustos que rodeaban la ruinosa casa.

Adentro, el hombre permanecía ajeno a aquel despliegue de efectos visuales y sonoros que ofrecía la Naturaleza. La tormenta lo había sorprendido mientras caminaba hacia el pueblo, y se había guarecido en aquel lugar abandonado.

Su mirada se perdía tras la espesa cortina de agua, pero no veía la noche.

La carta que ella le enviara, cuidadosamente doblada junto a su pecho, había transformado su vida en un permanente día de sol.
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sábado, 22 de septiembre de 2012

El viejo (Día Mundial del Alzheimer)


Entre pecho y espalda,
lo lleva,
lo carga.
En las manos, cual viento
que sopla
y se escapa.
En la mente, de olvidos
rellena,
cerrada.
El Alzheimer, maldito,
lo lleva
a la nada.

domingo, 16 de septiembre de 2012

La amiga


La desnutrición, la desidia, los malos tratos, afectan profundamente a las personas, y alteran los procesos naturales. Ana María nació prematura. No se habían cumplido siete meses de embarazo, cuando comenzaron las complicaciones, y su irrupción en el mundo se adelantó a lo previsto.
La madre sufrió. La niña sufrió. Los médicos se esforzaron al máximo. Finalmente, pudieron decir que llevaría una vida bastante normal.
Durante esos meses de cuidados e incertidumbre, el padre optó por desaparecer. La madre guardó una temerosa esperanza de que retornara, hasta que la niña cumplió tres años. Entonces, cerró la puerta del pasado. Ya bastante dolor tenía, en el día a día de su vida gris y accidentada.
Ana María crecía con dificultades, y su carácter se había tornado hosco y taciturno. Pasaba largas horas sentada en el patio, mirando hacia la nada. No tenía amigos, y sus juegos se limitaban a escribir con ramitas en el suelo, o conversar con los pájaros. El caso es que las aves elegidas eran los cuervos, los halcones, las lechuzas. Quienes la observaban en esos momentos se estremecían. La pobreza en que vivían impidió que tuviera juguetes, salvo los que, toscamente, elaboraba su madre.
Pero un día algo cambió. Llegó a la humilde casa un misterioso paquete, sin rastros del remitente, y con una sola inscripción: Ana María. Su madre, sobresaltada, dudó mucho antes de abrirlo. Finalmente, encontraron dentro una muñeca. Era muy hermosa, bastante grande, y con unos vestidos de colores que rápidamente cautivaron a la niña. Su mamá y algunos vecinos conjeturaron sobre el origen del regalo, pero viendo el entusiasmo de la pequeña, decidieron olvidarlo.
Los cambios fueron inmediatos y sorprendentes: la muñeca pasó a ocupar todo el tiempo en los juegos de Ana María. Comenzó a sonreír, y ya no hablaba con los lúgubres pajarracos, sino que lo hacía animadamente con su nuevo juguete. Se la veía activa, salía a caminar por los prados, e incluso la escucharon tarareando algunas canciones. Algunas tardes, su mamá la sacaba al frente de la casa, y allí compartía un rato de juegos con las otras niñas que vivían en la misma calle. La transformación había resultado tan satisfactoria, que las visitas al médico se espaciaron, y éste la encontraba cada vez mejor.
Uno de esos días, en que la niña jugaba con sus amiguitas, y las mamás formaban una rueda aparte, para contarse las novedades del barrio, una de las compañeritas comenzó a burlarse de la pequeña Ana. Muchas veces, los niños resultan crueles con sus bromas, al no ser conscientes del daño que pueden causar. Le recordó que no tenía padre, que tal vez hubiera sido un delincuente, que ella era muy pobre para jugar con una muñeca como esa… La niña rompió a llorar, y antes de que su madre se diera cuenta, salió corriendo hacia la casa, y se echó de bruces en su cama. Ahogando los sollozos, se incorporó y miró a su muñeca. Tal vez proyectó toda su rabia y su frustración en aquel juguete. El hecho es que la tomó de una de sus manos, y comenzó a sacudirla violentamente, golpeándola contra las paredes y contra el piso. En determinado momento, la muñeca salió disparada hacia el otro lado de la habitación, y quedó en un rincón como lo que era: un juguete roto.
La niña observó su propia mano, y descubrió con aprehensión que se había quedado agarrada a dos pequeños dedos de plástico, por eso el resto de la muñeca se había desprendido, dada la fuerza de los sacudones. Los arrojó hacia el rincón donde había quedado su juguete, y salió corriendo hacia el patio. Allí estuvo durante casi dos horas, sumida en la contemplación de la nada. Cuando las lágrimas dejaron de fluir, y su corazoncito aquietó los golpeteos, retornó, cabizbaja, a su habitación.
Grande fue su sorpresa, cuando descubrió que su muñeca ya no estaba. Buscó por todo el cuarto, pero no la encontró. Tal vez su mamá la había visto allí, desmembrada, y la había llevado para arreglarla. Pero la madre no sabía nada. Ni siquiera se había percatado de que su hija ya no jugaba en la calle con sus amiguitas.
Durante los siguientes días, las búsquedas infructuosas fueron debilitando las esperanzas de la niña que, finalmente, se rindió a los hechos. En su pequeña cabecita no había lugar para los misterios, así que asumió que la muñeca se había marchado, ofendida por el maltrato, a buscar otra niña que la quisiera de verdad.
La vida de Ana María volvió a encerrarse en el patio trasero. Otra vez las incontables horas de mirar en el vacío. Otra vez la ausencia de sonrisas. Y otra vez los pájaros agoreros, como únicos confidentes de aquella pequeña alma trastornada.
Así pasaron dos años, hasta que la tristeza se agudizó de tal manera, que la niña se alimentaba muy poco, y casi no se movía. Entonces, el médico tomó la decisión: la llevarían a la ciudad, a un centro especializado, donde la rodearían de cuidados y tratarían de recuperarla. Como el caso había llamado la atención de otros médicos, fue fácil obtener la aprobación para internarla, a pesar de la pobreza en que vivían.
A los pocos días, era ingresada en un moderno hospital, e instalada en una luminosa habitación, que habían adornado con flores y globos.
El médico vino a visitarla, acompañado de una enfermera joven y bonita. La presentó, diciéndole:
— Ella será tu enfermera particular. Te acompañará, vigilará tu tratamiento, y jugará contigo cuando lo desees. ¿Te parece bien? ¿Estás contenta?
La niña, débil y asustada por aquellos cambios, asintió con la cabeza.
El médico se retiró, y cuando ambas quedaron solas, la joven acarició la cabecita de la niña, tratando de tranquilizarla.
— Ya verás que seremos buenas amigas. Sé que has sufrido mucho, pero yo te comprendo. Mi vida tampoco ha sido fácil. Fíjate, incluso, lo que llegaron a hacerme…
Y diciendo esto, le mostraba su mano, blanca y delicada, a la cual le faltaban dos dedos.
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martes, 4 de septiembre de 2012

Deslumbramiento


            Su vida era apacible. Un lugar cómodo para vivir, y la cercanía del agua, donde se procuraba con facilidad el alimento.

            Se deleitaba contemplando el cielo estrellado, por las noches, y el gozo era sublime cuando la luna aparecía, llena, espléndida, y bañaba todo con su luz plateada.

            También durante el día resultaba agradable vivir allí. Tenía un ambiente fresco y sombreado. Y al mediodía, cuando el sol alcanzaba su cenit, el espectáculo resultaba impresionante.

            Y esa belleza cegadora fue la desencadenante de la tragedia.

            El disco incandescente, que ese día parecía estar enviando toda su luz hacia aquel trozo de agua, le impidió prevenir el golpe, y éste resultó fatal.

                                                           * * *

            El casero tiró de la cadena, que giró, cantarina, en la rondana. Cuando el balde asomó a la luz del brocal del aljibe, el hombre observó, con tristeza, el cuerpecito inerte de la ranita flotando en el agua. Lo lamentó, por la importancia que tenía para mantener el agua limpia de insectos.
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lunes, 20 de agosto de 2012

Lo que soy


El ayer, que por momentos
se ilumina de recuerdos,
y deja
prisioneros en las sombras,
aquellos tragos
de sabor amargo,
viene ahora a decirme
lo que soy.
Desde la otra orilla
de la vida, partí
con rumbo siempre incierto.
Bebí
de manantiales turbios,
y en los puros
acrisolé mi reflejo,
antes de dar de beber
a mi corcel de sueños.
Miro adelante,
y en la escarpada senda
que viborea
hacia el horizonte,
veo recortarse
la silueta
enigmática,
prometedora,
desafiante,
de tres puntos
suspensivos...

lunes, 16 de julio de 2012

El último desafío


            Los sonoros trinos de los pájaros fueron quebrando la oscuridad de la noche, y el sol se fue abriendo paso entre las ramas de los árboles. En la alfombra de hojas secas, innumerables insectos y roedores comenzaron su diaria rutina de procurarse el alimento.
            
            Al borde del monte, desde el pequeño rancho de barro y paja, un hilo de humo se elevó hacia las altas copas. Don Ramírez también comenzaba su día, y encendía el fuego para el desayuno.

            Muchos paisajes similares lo habían visto despertar, a lo largo de casi sesenta años. Su vida de monteador lo obligaba a trasladarse continuamente, y su vivienda duraba lo que duraba el monte. Dos, tres meses. Seis, en algunas ocasiones, cuando la vista no alcanzaba a ver el final de los plantíos.

            Un trozo de carne de capón, dorado al resplandor del fuego, junto a la dura galleta que le traía el patrón, cada quince o veinte días, le dieron ánimo para enfrentar la jornada. Tomó unos mates, saliendo de vez en cuando a la puerta, para contemplar aquella imagen tan conocida, pero siempre nueva, del monte atravesado horizontalmente por los rayos del sol.

            El aire fresco, cargado de la esencia de los eucaliptos, le trajo una carga de sensaciones. Algo muy parecido a la melancolía le hormigueaba en el pecho.

            Uno tras otro, fue realizando los gestos de todos los días. Llevó los restos de comida al perro, que permanecía atado a un costado del rancho. Limpió y ordenó los pocos enseres que había utilizado. Se calzó las alpargatas, que hasta entonces había tenido puestas a medias, y se dirigió al rincón donde guardaba el hacha. Siempre, desde que tenía memoria, el momento de tomar el mango entre sus manos era como un gesto religioso. Por un instante, su mente y su corazón se ausentaban. Quizá ni él mismo supiera lo que pasaba por su alma en aquellos momentos. Cerraba los ojos, y sus manos se apretaban en torno al madero. Cuando volvía a abrirlos, un brillo extraño anunciaba que estaba preparado para la tarea. Y así, por incontables días, tras aquella breve genuflexión, sus brazos manejaban diestramente el hierro, para ver caer, uno a uno, los enormes troncos.

            Salió hacia el monte, acomodándose la boina descolorida, silbando entre dientes una tonada irreconocible. Los enormes árboles parecían saber a qué venía, y lo esperaban, resignados a su suerte.

            Llegó al claro que él mismo había creado a filo de hacha, donde se veían los troncos cercenados, entre los restos de ramas y hojarascas. Pero no se detuvo allí. Se adentró más en el monte. Caminó con determinación hacia un eucalipto portentoso, que lo aguardaba desafiante. Y era, tal vez, el mayor desafío en su vida de hachero.

            El grueso tronco no hubiera podido ser abrazado por dos personas tomadas de las manos. Era difícil mirar hacia la copa sin perder el equilibrio, y Ramírez se apoyó en el hacha para contemplar la verde punta, hendiendo el cielo, que ya aparecía de un azul intenso. De no ser tan evidente la vida que corría por sus ramas, se podía haber pensado que era de hierro. Tal la dureza que se reflejaba en los ojos cansados del monteador.
            Observó el árbol, imponente, majestuoso, y volvió a mirar su hacha. Fue necesario un nuevo momento de cuasi adoración, como el que se producía en el rancho, antes de salir a trabajar. Ramírez abrazó su hacha, como se abraza a un hijo, a un hermano, a una madre. Y con ella entre los brazos, se arrodilló sobre el manto de hojarasca.

            El pozo, al pie del árbol, lo había excavado la tarde anterior. Si hubiera tenido que hacerlo ahora, quizá la emoción le hubiera impedido cumplir con su propósito.

            Con gesto ceremonioso, pero breve, depositó su hacha en el lecho húmedo y oscuro. Sus manos, callosas, fueron empujando la tierra, mezclada con unas lágrimas imparables. Era el adiós a su compañera de tantos años. Y la bienvenida a la jubilación, que sonaba como un bálsamo para su cuerpo cansado.
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viernes, 22 de junio de 2012

La siesta


Don Pablo dormitaba en la mecedora, instalada bajo el amplio alero de la vieja casona. Por la galería corría un poco de aire fresco, que resultaba agradable, para contrarrestar los efectos de la tarde veraniega. La calma, obligada, por la intensidad del sol, se había adueñado del jardín, y sólo podía oírse un vago rumor de hojas y algún insecto, que trajinaba a la sombra de los arbustos.

De pronto, ante los ojos entrecerrados del anciano, aquel paisaje, que parecía estático, adquirió vida y movimiento, en la forma de dos alegres niños que corrían de un lado a otro.

El semblante de don Pablo se transformó: todo su orgullo de abuelo afloró en la mirada que dedicó a los pequeños, que jugaban y reían, indiferentes al calor agobiante.

El espacio verde, que separaba la casa de la calle, fue adquiriendo, en los momentos que siguieron, distintas características, según las dictaba la fecunda imaginación infantil: primero fue océano encrespado, donde se debatía el barco del pirata más legendario; luego se transformó en un callejón polvoriento, donde los dos pistoleros más rápidos del Far West se batieron a duelo.

Hubo unos instantes en que la acción se trasladó al frondoso tilo, devenido en inexpugnable castillo, donde dormía el ogro malvado. Tras un breve reposo, a la sombra del “castillo”, y el disfrute del sabroso botín de higos maduros, de nuevo los aventureros coparon el jardín. Porque las naves espaciales necesitan mucho espacio, para sus viajes interplanetarios...

Después, el partido de fútbol: ¡infaltable! Sólo que, a poco de comenzar, se detuvo abruptamente, y la pelota rodó, olvidada, hacia el alambrado que daba a la calle. Es que, en ese momento, Adelaida volvía de la escuela, con su túnica impecablemente blanca, su cabello al viento, su risa...

Se miraron, sonrojados, y se lanzaron furiosamente tras la pelota que, a los pocos minutos, volvió a ser el centro de su atención.

El sol había declinado un poco, y algunos pájaros llegaron, para colgar su música en las ramas frescas de los frutales. Los primeros trinos despertaron a don Pablo que, antes de abrir los ojos, notó que estaba sonriendo. Miró hacia el jardín, sereno, limpio, intocado...

¡Ah! ¡La vida, que no había querido darle nietos!

Y volvió a quedar dormido.

martes, 19 de junio de 2012

Ultimátum


Los rostros evidenciaban nerviosismo y temor. El ambiente, débilmente iluminado, contribuía a aumentar la sensación de opresión. Todos estaban de pie, formando un medio círculo alrededor del enorme escritorio de roble, tras el cual se encontraba, sentado, el jefe supremo de la organización mafiosa: Don Benito.

El Capo fue observándolos, uno a uno, y ninguno fue capaz de soportarle la mirada, especialmente las dos mujeres, que se miraban las puntas de sus zapatos blancos, y restregaban fuertemente sus manos.

La voz surgió profunda y ronca, con una suave frialdad, que erizaba la piel:


— Quiero que sea eliminada. Y no toleraré ningún error, ¿entendido? Ninguno.

Sus ojos, escrutadores, notaron que uno de los hombres, el más obeso, temblaba visiblemente, como si quisiera decir algo y no se atreviera.

— ¿Qué sucede, Giovanni? ¿Hay algún problema? Tú eres el responsable de que no existan fallos.

El hombre hacía girar su gorra entre las manos, y miraba de reojo a sus compañeros, en busca de apoyo.

— Señor... Usted sabe que después... nuestras posibilidades se verán limitadas...

El gesto del jefe perdió algo de dureza, y habló en un tono comprensivo, paternal:

— Lo sé, lo sé. Pero...el médico ha dicho: Ni una pizca de sal. Por lo tanto, la eliminan totalmente de la cocina, ¿capito?
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martes, 12 de junio de 2012

Versión 2.0


            Cayó al suelo, exhausto. Su espada había quedado clavada en el pecho del horrible monstruo. Finalmente, había vencido. Pero estaba aturdido por los golpes recibidos y la cabeza le daba vueltas.

            Notó un hilo, atado fuertemente a uno de sus dedos. Acostumbraba anudarse un hilo para no olvidar las tareas importantes, pero ahora no podía recordar para qué lo había puesto allí.

            Empezó a caminar, buscando la salida, tratando de orientarse por los múltiples pasillos. Fue y vino por varios de ellos, pero siempre encontraba una pared que le cerraba el paso. Después de varias vueltas, el hilo se había enredado, y tuvo que cortarlo para moverse con comodidad.

            Pasó mucho tiempo intentando encontrar la salida, pero nunca lo logró. Aquello era un verdadero laberinto.

            Afuera, cansada de esperar, Ariadna recogió el hilo, hizo una madeja y se retiró, muy triste, pensando que Teseo había muerto a manos del Minotauro.
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miércoles, 30 de mayo de 2012

Resaca


Cuando se despertó, ya la mañana estaba avanzada. No descorrió las cortinas, no hubiera soportado el resplandor del sol.

El recuerdo de la pasada noche de copas, se transformó en náuseas. Fue a la cocina, a prepararse un café, y encendió el televisor. Puso un noticiero, necesitaba saber en qué día estaba viviendo.

El presentador hablaba de una nueva víctima del asesino serial... ¡Cuánta locura! ¡En pleno siglo XXI, alguien se dedicaba a desangrar a mujeres jóvenes, al estilo del conde Drácula!

Fue a beber un sorbo de café, y el tintineo de sus colmillos contra el borde de la taza lo trajo a la realidad.
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viernes, 25 de mayo de 2012

Espectador


El hombre tenía las piernas estiradas, con los pies apoyados sobre la pequeña mesa, que estaba cubierta de platillos con restos de comida. Había varias botellas vacías alrededor del sofá, y el cenicero desbordaba de colillas.


En la pantalla del televisor, la película llegaba a su momento más emotivo: el protagonista lograba rescatar a la muchacha, eliminando a todos sus captores, y la tomaba entre sus brazos, para declararle su amor.

Pero el hombre no pudo disfrutar del desenlace. Hacía más de media hora, el paro cardíaco había sido fulminante.
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jueves, 24 de mayo de 2012

De precauciones se trata


El viento, fortísimo, sacudió violentamente mi casa, y poco a poco, la fue desmantelando.

Afuera, en las sombras, brillaron por un instante aquellos ojos, que me venían acechando desde hacía varios días. No tuve otra opción que huir. Mi vida dependía, ahora, de mi velocidad.

Mientras corría, sintiendo muy cerca el fétido aliento de mi perseguidor, recordé las sabias palabras de mi hermano mayor. ¡Cuánta razón tenía!

Nunca debí construir mi choza de paja.

domingo, 20 de mayo de 2012

Vacaciones


           Parecen estrellas de mar. Giran... Giran... Sus brazos ondulan... Pero se ven enormes, y están suspendidas en el aire de mi dormitorio. Sí, reconozco mi habitación, aunque las paredes aparecen pintadas de colores fluorescentes, y los rincones han adquirido una oscuridad tan profunda, que me resulta imposible definirla.

            Desde allí, desde esos ignotos rincones,  me llegan voces, en animada conversación. Una de ellas es, claramente, la de mi abuela Orietta. Sí. Es inconfundible. La he extrañado mucho, ya hace dos años que murió. Entonces... ¡Claro! ¡Estoy soñando! Respiro, aliviado. Ya había empezado a preocuparme.

            Bebo un poco de agua, del vaso que está sobre la mesa de luz, y me dispongo a dormir nuevamente. Mañana es mi día libre, por lo que he apagado el reloj y el celular. Tal vez esa extraña danza de las estrellas de mar me sirva de arrullo, para conciliar el sueño.

            No sé cuánto tiempo he dormido. El estridente sonido de mi celular me saca, violentamente, del pozo profundo en que me veía, girando. Los párpados me pesan y, entre el embotamiento que me produce la somnolencia, alcanzo a distinguir que no es la alarma, sino una llamada. Atiendo, y de nuevo la sorpresa me invade

            — ¡Hola! ¡Mi nieto querido! ¿Cómo has estado? Soy tu abuela, Orietta.

            Mis labios se mueven, maquinalmente, y sé que he pronunciado algunas palabras, pero no escucho mi propia voz.

            — Claro que sí, cariño — su voz me suena como si la tuviera al lado— ¿Sabes?
Hace un momento estaba hablando de ti, con unas amigas. Les contaba de tu afición por el mar. Espero que mi accidente no te haya afectado, al punto de que reniegues de tus gustos.

            Mi abuela viajaba en un crucero, que se hundió cerca de las costas de Italia. Fue un accidente tonto, pero se cobró muchas vidas. Mientras las imágenes pasan por mi mente, le respondo algo, que tampoco puedo escuchar.

            — ¡Me alegro muchísimo! Eso me tranquiliza, y realmente hará más llevadera mi estancia aquí. ¡Te quiero mucho! ¡Un beso grande!

            Y cortó.

            Todavía aturdido, voy a dejar el celular sobre la mesa de luz, pero está llena de algas, que tengo que apartar. Entonces, recuerdo que había apagado el aparato, antes de acostarme. Comprendo que, nuevamente, estoy soñando. Esta vez el alivio es mayor. Por supuesto que mi abuela fue un ser muy especial para mi, y es lógico que la recuerde, aún en sueños. También es comprensible que aparezca el mar, dada la fascinación con que me atrae, desde niño. Pero la voz me ha sonado tan nítida, que todavía estoy estremecido por el horror.

            No se vislumbra, aún, la claridad del amanecer, pero decido que es mejor levantarme. Tal vez, más tarde, intente dormir otro poco. Me incorporo en la cama y, al bajar los pies, buscando mis pantuflas, éstos se hunden en el agua helada. El contraste entre el calor de mi piel, saliendo de entre las sábanas, y el frío inesperado del agua, termina de despertarme. ¿Qué está pasando? ¿Otra vez, la tubería del baño? Descalzo, camino hacia allí, notando que piso algo blando... ¡Arena! ¿Cómo es posible? ¡En el piso de mi dormitorio! ¡Ni siquiera en una inundación, estoy en un tercer piso!

            Me digo a mi mismo que debo tranquilizarme. Todo debe tener una explicación racional. Calma... Calma. ¡La ventana! ¡Eso es! Abrir, observar la noche, dejar que entre el aire fresco. Eso me ayudará a pensar. Camino hacia la pared, ya mis pies se han acostumbrado al frío del agua, dándome la sensación de que estoy totalmente sumergido. Intento abrir, pero... ¡Qué distraído! ¡Con mi experiencia, y no recordar que los ojos de buey no se abren! Me sonrío, agradeciendo que nadie me esté observando.

            Me dirijo al pasillo, viendo de reojo que ya el agua cubre la cama y la mesa de luz. ¡El celular! Pero ya es tarde. El agua, que se mece suavemente, ha deslizado el aparato, que se hunde rápidamente. ¡Qué contratiempo! ¿Cómo haré, ahora, para comunicarme con mi abuela, que viaja en un camarote al otro lado del barco?
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