Con manos
temblorosas, tomó la pequeña maceta, y la contempló un instante. Sus ojos se
humedecieron. El endeble tallo de la planta se erguía desde un poco de tierra
arenosa, que parecía apenas sostenerlo. Tres hojas, verdes y aterciopeladas,
surgían a los costados y, en el extremo, un blanco botón anunciaba el inminente
advenimiento del primer pimpollo.
Dos lágrimas
brillantes corrieron por sus mejillas, y el temblor emocionado de sus manos se
fue contagiando al resto de su cuerpo.
Avanzó hacia la
ventana, conteniendo la respiración, llevando el cuenco entre sus manos, como
si se tratara de un tesoro muy frágil. La abrió, y colocó la maceta en el
alféizar, haciendo una mueca de desagrado, ante la ráfaga de aire ardiente y viciado
que penetró en la habitación.
Afuera, nada
había cambiado. Hasta donde alcanzaba la vista, todo era desolación. Edificios
y calles destruidas, columnas y cables por el suelo, vehículos abandonados,
muchos de ellos incendiados. La permanente bruma que formaban los gases y las
partículas, apenas permitía vislumbrar la luz del sol. No se escuchaba ningún
sonido. No se distinguía presencia humana, ni siquiera de algún animal o
insecto.
La mujer apartó
la mirada de aquel tétrico escenario, y volvió a posarla en la planta, cuya
verde silueta se recortaba en la ventana, contrastando escandalosamente con el
gris ceniciento del exterior.
Sus manos, ya sin
temblores, fueron a juntarse sobre la curva pronunciada de su vientre, y en sus
labios asomó, muy levemente, la promesa de una sonrisa.
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