Desde una esquina del tiempo llega el rumor de sus voces. Mucho de lo que susurran a mi oído nunca será conocido. Pero algunas palabras verán la luz del papel, y serán.



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lunes, 3 de diciembre de 2012

Lugar


Soy de aquí

y aquí estoy,

porque es donde quiero

estar y ser,

ir y venir,

llorar y reír,

amar y creer.

Porque aquí

estás,

vives,

sientes,

amas,

y dejas que

me asome

a tu amor.
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miércoles, 3 de octubre de 2012

Luz


El agua se deslizó por las ventanas, dibujando tortuosos surcos en el polvo que cubría los cristales.

En la última hora de la tarde había comenzado a llover copiosamente, y ahora, ya entrada la noche, el suelo estaba anegado, y los relámpagos continuaban su intermitente irrupción en la oscuridad del cielo.

La violencia y el estruendo de un rayo se hicieron sentir por sobre el cercano bosque de pinos, y el eco de la descarga se fue apagando, lentamente, hasta perderse en los arbustos que rodeaban la ruinosa casa.

Adentro, el hombre permanecía ajeno a aquel despliegue de efectos visuales y sonoros que ofrecía la Naturaleza. La tormenta lo había sorprendido mientras caminaba hacia el pueblo, y se había guarecido en aquel lugar abandonado.

Su mirada se perdía tras la espesa cortina de agua, pero no veía la noche.

La carta que ella le enviara, cuidadosamente doblada junto a su pecho, había transformado su vida en un permanente día de sol.
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domingo, 16 de septiembre de 2012

La amiga


La desnutrición, la desidia, los malos tratos, afectan profundamente a las personas, y alteran los procesos naturales. Ana María nació prematura. No se habían cumplido siete meses de embarazo, cuando comenzaron las complicaciones, y su irrupción en el mundo se adelantó a lo previsto.
La madre sufrió. La niña sufrió. Los médicos se esforzaron al máximo. Finalmente, pudieron decir que llevaría una vida bastante normal.
Durante esos meses de cuidados e incertidumbre, el padre optó por desaparecer. La madre guardó una temerosa esperanza de que retornara, hasta que la niña cumplió tres años. Entonces, cerró la puerta del pasado. Ya bastante dolor tenía, en el día a día de su vida gris y accidentada.
Ana María crecía con dificultades, y su carácter se había tornado hosco y taciturno. Pasaba largas horas sentada en el patio, mirando hacia la nada. No tenía amigos, y sus juegos se limitaban a escribir con ramitas en el suelo, o conversar con los pájaros. El caso es que las aves elegidas eran los cuervos, los halcones, las lechuzas. Quienes la observaban en esos momentos se estremecían. La pobreza en que vivían impidió que tuviera juguetes, salvo los que, toscamente, elaboraba su madre.
Pero un día algo cambió. Llegó a la humilde casa un misterioso paquete, sin rastros del remitente, y con una sola inscripción: Ana María. Su madre, sobresaltada, dudó mucho antes de abrirlo. Finalmente, encontraron dentro una muñeca. Era muy hermosa, bastante grande, y con unos vestidos de colores que rápidamente cautivaron a la niña. Su mamá y algunos vecinos conjeturaron sobre el origen del regalo, pero viendo el entusiasmo de la pequeña, decidieron olvidarlo.
Los cambios fueron inmediatos y sorprendentes: la muñeca pasó a ocupar todo el tiempo en los juegos de Ana María. Comenzó a sonreír, y ya no hablaba con los lúgubres pajarracos, sino que lo hacía animadamente con su nuevo juguete. Se la veía activa, salía a caminar por los prados, e incluso la escucharon tarareando algunas canciones. Algunas tardes, su mamá la sacaba al frente de la casa, y allí compartía un rato de juegos con las otras niñas que vivían en la misma calle. La transformación había resultado tan satisfactoria, que las visitas al médico se espaciaron, y éste la encontraba cada vez mejor.
Uno de esos días, en que la niña jugaba con sus amiguitas, y las mamás formaban una rueda aparte, para contarse las novedades del barrio, una de las compañeritas comenzó a burlarse de la pequeña Ana. Muchas veces, los niños resultan crueles con sus bromas, al no ser conscientes del daño que pueden causar. Le recordó que no tenía padre, que tal vez hubiera sido un delincuente, que ella era muy pobre para jugar con una muñeca como esa… La niña rompió a llorar, y antes de que su madre se diera cuenta, salió corriendo hacia la casa, y se echó de bruces en su cama. Ahogando los sollozos, se incorporó y miró a su muñeca. Tal vez proyectó toda su rabia y su frustración en aquel juguete. El hecho es que la tomó de una de sus manos, y comenzó a sacudirla violentamente, golpeándola contra las paredes y contra el piso. En determinado momento, la muñeca salió disparada hacia el otro lado de la habitación, y quedó en un rincón como lo que era: un juguete roto.
La niña observó su propia mano, y descubrió con aprehensión que se había quedado agarrada a dos pequeños dedos de plástico, por eso el resto de la muñeca se había desprendido, dada la fuerza de los sacudones. Los arrojó hacia el rincón donde había quedado su juguete, y salió corriendo hacia el patio. Allí estuvo durante casi dos horas, sumida en la contemplación de la nada. Cuando las lágrimas dejaron de fluir, y su corazoncito aquietó los golpeteos, retornó, cabizbaja, a su habitación.
Grande fue su sorpresa, cuando descubrió que su muñeca ya no estaba. Buscó por todo el cuarto, pero no la encontró. Tal vez su mamá la había visto allí, desmembrada, y la había llevado para arreglarla. Pero la madre no sabía nada. Ni siquiera se había percatado de que su hija ya no jugaba en la calle con sus amiguitas.
Durante los siguientes días, las búsquedas infructuosas fueron debilitando las esperanzas de la niña que, finalmente, se rindió a los hechos. En su pequeña cabecita no había lugar para los misterios, así que asumió que la muñeca se había marchado, ofendida por el maltrato, a buscar otra niña que la quisiera de verdad.
La vida de Ana María volvió a encerrarse en el patio trasero. Otra vez las incontables horas de mirar en el vacío. Otra vez la ausencia de sonrisas. Y otra vez los pájaros agoreros, como únicos confidentes de aquella pequeña alma trastornada.
Así pasaron dos años, hasta que la tristeza se agudizó de tal manera, que la niña se alimentaba muy poco, y casi no se movía. Entonces, el médico tomó la decisión: la llevarían a la ciudad, a un centro especializado, donde la rodearían de cuidados y tratarían de recuperarla. Como el caso había llamado la atención de otros médicos, fue fácil obtener la aprobación para internarla, a pesar de la pobreza en que vivían.
A los pocos días, era ingresada en un moderno hospital, e instalada en una luminosa habitación, que habían adornado con flores y globos.
El médico vino a visitarla, acompañado de una enfermera joven y bonita. La presentó, diciéndole:
— Ella será tu enfermera particular. Te acompañará, vigilará tu tratamiento, y jugará contigo cuando lo desees. ¿Te parece bien? ¿Estás contenta?
La niña, débil y asustada por aquellos cambios, asintió con la cabeza.
El médico se retiró, y cuando ambas quedaron solas, la joven acarició la cabecita de la niña, tratando de tranquilizarla.
— Ya verás que seremos buenas amigas. Sé que has sufrido mucho, pero yo te comprendo. Mi vida tampoco ha sido fácil. Fíjate, incluso, lo que llegaron a hacerme…
Y diciendo esto, le mostraba su mano, blanca y delicada, a la cual le faltaban dos dedos.
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viernes, 22 de junio de 2012

La siesta


Don Pablo dormitaba en la mecedora, instalada bajo el amplio alero de la vieja casona. Por la galería corría un poco de aire fresco, que resultaba agradable, para contrarrestar los efectos de la tarde veraniega. La calma, obligada, por la intensidad del sol, se había adueñado del jardín, y sólo podía oírse un vago rumor de hojas y algún insecto, que trajinaba a la sombra de los arbustos.

De pronto, ante los ojos entrecerrados del anciano, aquel paisaje, que parecía estático, adquirió vida y movimiento, en la forma de dos alegres niños que corrían de un lado a otro.

El semblante de don Pablo se transformó: todo su orgullo de abuelo afloró en la mirada que dedicó a los pequeños, que jugaban y reían, indiferentes al calor agobiante.

El espacio verde, que separaba la casa de la calle, fue adquiriendo, en los momentos que siguieron, distintas características, según las dictaba la fecunda imaginación infantil: primero fue océano encrespado, donde se debatía el barco del pirata más legendario; luego se transformó en un callejón polvoriento, donde los dos pistoleros más rápidos del Far West se batieron a duelo.

Hubo unos instantes en que la acción se trasladó al frondoso tilo, devenido en inexpugnable castillo, donde dormía el ogro malvado. Tras un breve reposo, a la sombra del “castillo”, y el disfrute del sabroso botín de higos maduros, de nuevo los aventureros coparon el jardín. Porque las naves espaciales necesitan mucho espacio, para sus viajes interplanetarios...

Después, el partido de fútbol: ¡infaltable! Sólo que, a poco de comenzar, se detuvo abruptamente, y la pelota rodó, olvidada, hacia el alambrado que daba a la calle. Es que, en ese momento, Adelaida volvía de la escuela, con su túnica impecablemente blanca, su cabello al viento, su risa...

Se miraron, sonrojados, y se lanzaron furiosamente tras la pelota que, a los pocos minutos, volvió a ser el centro de su atención.

El sol había declinado un poco, y algunos pájaros llegaron, para colgar su música en las ramas frescas de los frutales. Los primeros trinos despertaron a don Pablo que, antes de abrir los ojos, notó que estaba sonriendo. Miró hacia el jardín, sereno, limpio, intocado...

¡Ah! ¡La vida, que no había querido darle nietos!

Y volvió a quedar dormido.

jueves, 24 de mayo de 2012

De precauciones se trata


El viento, fortísimo, sacudió violentamente mi casa, y poco a poco, la fue desmantelando.

Afuera, en las sombras, brillaron por un instante aquellos ojos, que me venían acechando desde hacía varios días. No tuve otra opción que huir. Mi vida dependía, ahora, de mi velocidad.

Mientras corría, sintiendo muy cerca el fétido aliento de mi perseguidor, recordé las sabias palabras de mi hermano mayor. ¡Cuánta razón tenía!

Nunca debí construir mi choza de paja.

sábado, 31 de marzo de 2012

Rumbo a la noche


Has subido al autobús, con el corazón palpitante y las palmas de tus manos húmedas, por los nervios. Tu bolso va liviano. Llevas poco, a más de la prisa y la decisión.

Los edificios de la gran ciudad, que tanto te asfixian, ahora pasan veloces, hacia atrás, y se van quedando allá, en el lugar donde juntaste coraje para iniciar el camino.

También se quedan allí, atrás, la sorpresa de tu novio mañana, cuando lea tu carta, escrita en el último minuto, y la melancolía de Marzio, tu gato fiel, que ha entibiado tus manos durante las eternas madrugadas insomnes.

Y quedan, también, tus pequeñas amadas posesiones: la colección de muñecas de tela, que te acompaña desde la adolescencia y la media docena de bonsái, que has tenido la paciencia de cultivar, en ese claustro de treinta metros cuadrados, que se asoma a un décimo piso, y desde el cual puedes contemplar la deprimente faz de otro edificio, más alto y más gris.

Ahora, miras hacia delante. Ves el paisaje, monótono e interminable, y las líneas, blancas y amarillas de la ruta, que se pierden abúlicamente bajo la marcha cansina del vehículo. Será un viaje largo, pero sabes que será un viaje de vuelta: el de ida, lo has hecho tú, viviendo, malviviendo, desde el día en que naciste.

Porque hacia allí te diriges: hacia ese día en que la luz te dolió en los ojos por primera vez. Ese día en que pudiste ver los rostros de quienes, después, serían la razón de tus tormentos.

Las sesiones de hipnosis, a las que concurriste con tanto miedo e ilusión, te permitieron sentir, claramente, el rechazo que generaste en aquellos que debían amarte. Las penurias que siguieron, día tras día, las recuerdas con sólo cerrar los ojos, aunque desearías no hacerlo. Cada imagen que viene de tu pasado, es un fino puñal que abre una nueva herida, destinada a no cerrarse.

No fuiste niña. Nunca te lo permitieron. Debías pagar la culpa de haber nacido y la pagaste con encierro, oscuridad y golpes. Nada de juegos, ni escuela, ni cariño. Sólo odio, sordo e intenso: irracional. Pero un odio que no se atrevió a matarte en el vientre, y que nunca dio el golpe definitivo contra las descascaradas paredes de la miserable casa.

Había, sembrada en ti, una luz inextinguible. Una extraña fortaleza te mantuvo aferrada a los atisbos de vida que te llegaban a través del ventanuco de la pieza. En las casuchas vecinas había niños, perros, risas... Historias que podían catalogarse como normales, aunque hundidas, también, en la miseria.

El autobús se detiene, en medio de la nada, para levantar un pasajero. Eso te distrae y te evades de la tristeza de los recuerdos. Buscas un pañuelo, y recoges con cuidado esas lágrimas, que sientes como perlas.

Observas el entorno. Todo lo que ves es desconocido para ti. Sólo pasaste una vez por ese camino, hace muchos años, y venís huyendo. No tienes imágenes de aquel trayecto, porque en tu mente sólo habían dos cosas: el dolor que dejabas atrás, y la pequeñísima luz de esperanza que adivinabas delante. Tenías diez años, pero habías vivido un siglo.

La familia que te encontró, desmayada a un costado del camino, te salvó la vida. Pero luego, tuvo que darte una vida nueva. Aterrada, desnutrida, analfabeta...tenías miedo hasta de las caricias, porque no las conocías.

Ellos fueron tus ángeles, y decidieron ser tus padres, aunque ya eran ancianos. Doce años junto a ellos redescubrieron en ti al ser humano, aunque las huellas del horror no se han borrado todas, prueba de ello es este viaje.

Los ancianos se amaban entrañablemente, así que cuando uno de ellos murió, el otro no tardó en seguirlo. Pero ya habían hecho su obra, y esas partidas no fueron traumáticas para ti.

Te has hecho más fuerte. Has recibido una excelente educación y has conocido muchas personas. Eres una mujer independiente, vives con austeridad y valoras cada logro, porque sabes lo que es ser nadie. Porque has sobrevivido a un infierno.

En el horizonte, algunos tonos violáceos anuncian el atardecer. Sabes que el autobús llegará a destino apenas entrada la noche. Te pones algo tensa, esto es el presente, y estás llegando al lugar del comienzo.

De nuevo surgen, desordenadas, las imágenes lacerantes. El útero que te trajo al mundo, tampoco sucumbió a los embates del odio. Por otras dos veces volcó su contenido en aquel ambiente de promiscuidad e ignorancia. Y dos pares de ojos brillantes iluminaron tus días, ayudándote a no desfallecer. Sabes que fuiste, para ellos, la única calidez en medio de aquel frío de muerte.

Hoy de madrugada, muy temprano, te han llamado. Ellos, que sobrevivieron dentro del infierno, te buscaron. Y ahora, cuando te bajas del autobús, intentas reconstruir sus rostros, pero sólo aparecen sombras.

Los que sí aparecen, nítidos, son los ojos furiosos de tu “padre”, antes de cada golpiza. Él, -te han dicho- murió hace siete años, en medio de una orgía de alcohol y de cuchillos. No te inmutaste al escucharlo. Sabías que así terminaría.

Caminas, ya por lugares conocidos. Quince años no han borrado la miseria de aquel barrio, tal vez la han agudizado. Aunque es de noche, y las luces son muy pocas, todavía puedes orientarte por aquellas callejuelas. Tus zapatos –ahora llevas zapatos- se hunden en el barro y te cuesta avanzar, como si una extraña fuerza tratara de impedir que, finalmente, llegues a tu destino.

Ahora sí. Es allí. Hay un poco más de luz. Un farol y algunas velas alumbran, fantasmagóricamente, las mismas paredes destartaladas donde sufriste tus encierros. La cortina que hace las veces de puerta está recogida sobre las chapas del techo y, nada más entrar, te das de lleno contra el fin de tus búsquedas.

Unas pocas siluetas, de pelo enmarañado, rodean una caja, hecha de tablas mal clavadas. Y tú quisieras echarte dentro, para volver a entrar en ese vientre inanimado, y perderte por ese útero que ya no palpita, hacia el oscuro mundo del que nunca debiste haber salido.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Poema a los visitantes

A todos los que visitan el blog: gracias por pasar por aquí y dedicar unos minutos a leer estas letras. Los animo a dejar sus comentarios (entran cada día más de 30 personas, y casi nadie deja un saludo). No tiene que ser un comentario positivo, no tiene por qué gustarle a todo el mundo lo que escribo, y la crítica constructiva es muy valiosa. Tampoco tienen por qué identificarse (aunque sería lo ideal, pues somos personas), hay una opción para aparecer como "anónimo".
Saludos, y de nuevo, gracias a todos.

Hugo.

martes, 21 de febrero de 2012

La ventana

            La ventana de la casa verde ejerce una extraña fascinación sobre mí. Hace ya tres días que paso por allí, y no puedo evitar sentirme atraído por su fuerza misteriosa. Me detengo largo rato, y la observo. Poco a poco, voy desnudando mi alma y le cuento, a ese intrigante rectángulo, mis fracasos, mi soledad, mis ilusiones, que han quedado muertas, una tras otra, en el camino. Y la ventana, tal vez conmovida por mi sinceridad, también me ha ido revelando sus secretos. Ahora sé por qué me atrae tan irresistiblemente. Ella guarda la entrada a una dimensión especial. Al otro lado, las cosas adquieren un sentido distinto, profundo y concreto. Hay allí una atmósfera propicia para que los sueños se materialicen, y para que las personas convivan en armonía.

            Hoy me he despertado siendo todavía noche cerrada. Un nudo tenso, en la boca de mi estómago, me anuncia que puede suceder algo importante. Y, cuando el sol disipa las tinieblas, llenándolo todo de un rojo incandescente, sólo comparable al de la sangre brotando de una herida, entonces comprendo que éste es el día elegido.

            Camino apurado. Casi corro hacia la casa verde. Y al llegar frente a la ventana, sus hojas entreabiertas confirman todas mis premoniciones: ha llegado el momento. Los latidos de mi corazón ahogan todos los demás sonidos. Pongo todas mis ansias en el impulso, y salto hacia adentro.

            Estoy tratando de recordar cada detalle, e intento revivir cada una de las sensaciones que me embargaron durante esa experiencia indescriptible. Mis argumentos deberán ser muy sólidos, porque el dueño de la casa me acusa de intento de robo, y las sirenas se escuchan cada vez más cerca.