Desde una esquina del tiempo llega el rumor de sus voces. Mucho de lo que susurran a mi oído nunca será conocido. Pero algunas palabras verán la luz del papel, y serán.



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domingo, 20 de marzo de 2016

Recuerdos en serie


        Todo ha ido a parar al sótano irremediablemente. Las estanterías están repletas de objetos que, en su momento, han sido importantes en mi vida, los he etiquetado y ordenado por fecha. A veces, me paso horas contemplándolos y reviviendo historias. El osito de peluche que me acompañó en la cuna, el uniforme del colegio, los patines -¡Ah, cuántos golpes!-, mi primera navaja, las calificaciones de la secundaria, el brazalete y los aros que le quité a mi primera víctima, las llaves de mi primer coche, algunas fotos de excursiones a las montañas, las bragas de mi segunda víctima…


        La alarma del móvil interrumpe mis recuerdos. Es la hora en que está sola en su casa y nadie podrá molestarnos. Los números redondos tienen una extraña fascinación, y con ella serán diez.

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sábado, 9 de marzo de 2013

Un blog amigo (VI)




Nuevamente Luisa ha sido generosamente receptora de uno de mis textos, 
acerca de una fotografía de 
José Luis Rafael, 
publicada en el blog 


Pueden leer el texto y ver la foto en el siguiente enlace

miércoles, 24 de octubre de 2012

La partida


            Los dos hombres habían sostenido la partida de ajedrez durante casi dos horas. La mesa que ocupaban estaba en un rincón apartado del café que frecuentaban desde hacía muchos años.

            De los pocillos, sólo habían bebido un sorbo. Después, habían quedado a un lado, casi llenos de café frío y olvidado, haciendo de mudos testigos de aquel desafío. Era la enésima edición de aquella eterna batalla.

            Cada día, a las dos de la tarde, los dos llegaban cansinamente a aquella esquina, en el centro del pueblo. El dueño del local, sin mediar palabra, dejaba sobre la mesa los platillos, con las tazas humeantes. Movía imperceptiblemente la cabeza, y se retiraba a su lugar, tras el mostrador.

            En aquella mesa, siempre estaba dispuesto el tablero para el juego, y en una caja de madera, las piezas, desordenadas.

            Los parroquianos habituales del lugar ya conocían aquella especie de ritual, que se repetía diariamente, desde hacía tanto tiempo, por lo tanto, no les prestaban mayor atención.

            Todo lo que había alrededor, personas y muebles, había ido envejeciendo junto con ambos contendientes.

            Un visitante, que hubiera llegado allí por primera vez, y observado con atención la escena, descubriría algunas peculiaridades. Desde el mismo comienzo, la situación era extraña porque, a ambos grupos de piezas, le faltaba una: un caballo, del lado de las negras, y nada menos que la Reina, del lado de las blancas.

            Pero los dos hombres parecían hacer caso omiso de esa situación, y disponían todo para el juego, turnándose cada día los colores, disputando la partida con aparente normalidad.

            Un jugador avezado repararía en la clara superioridad con que iniciaba el juego quien manejara las piezas negras, pero ellos no se inmutaban. Esto podría parecer lógico, dado que cada día intercambiaban las piezas, y por lo tanto, también la ventaja. Y en esto, se daba la lógica: cada día ganaba la partida el que jugaba con las piezas negras.

            Entonces, el vencedor se ponía de pie. Arreglaba un poco sus ropas, ajadas y desteñidas, y giraba su rostro, triste y avejentado, hacia la pared, tras el mostrador. Por entre las botellas, el espejo oxidado le devolvía una imagen joven y vigorosa, con una sonrisa alegre, llena de esperanza.

            Caminaba hacia la puerta, que se abría en la ochava de la esquina, frente a la plaza, y bajaba a la vereda. Se quedaba parado, con la vista fija en el fondo de la calle principal, hasta que las campanas de la iglesia anunciaban las cinco de la tarde. Dejaba pasar dos o tres minutos y luego, con la pesadez propia de la desilusión, volvía sus pasos hacia la mesa del rincón, donde su compañero lo esperaba, cabizbajo, mientras recogía las piezas, y las colocaba lentamente en la caja.

— Hoy tampoco ha venido. ¡Cantinero! ¡Dos ginebras!

            Y como había sucedido cada día, durante los últimos años, comenzaba el ir y venir de los vasos. Llenos... Vacíos... Llenos... Vacíos...

            Cuando llegaba la medianoche salían, abrazados, sosteniéndose uno al otro y se dirigían, tambaleantes, a sus casas.

            Nadie los esperaba. La soledad se había adueñado de sus vidas desde su juventud, desde que la fatalidad había entrecruzado sus historias, y los había unido para siempre.
                                                           * * *
           
            Ella tenía una belleza sin igual. Su frescura los había cautivado a ambos, y ambos habían dejado volar sus ilusiones tras el eco de su risa. Ella supo lo que pasaba en sus corazones, pero su propio corazón no supo decidirse por uno de ellos. El pequeño poblado no le daba muchas más posibilidades, por lo que tampoco pudo rechazarlos a los dos.

            Tal vez fueron su inocencia y su inmadurez que la llevaron, un día cualquiera, a proponer el desafío: ella saldría hacia las afueras del pueblo y cabalgaría hacia la zona escarpada de la montaña. Ellos saldrían una hora después. El que la encontrara, sería el dueño de su corazón. Tan sencillo y tan drástico como eso.
                                                          
                                                           * * *

            Sobre el mármol húmedo y frío del mostrador, un vaso de vino me separa del rostro taciturno del dueño del café. Tiene unos cuarenta años, y la historia, más de treinta. Los detalles los conoce por boca de su padre, que siempre vivió en el pueblo. Él los ha repetido miles de veces, a los curiosos. Ahora, los relata para mí.

            La aciaga jornada se inició con una mañana gris. El día se mantuvo oscuro, tal vez como presagio de lo que vendría. Las mesas del café se llenaron de un silencio pesado, expectante, que se extendió después por los árboles de la plaza, apagando los trinos, y apretujó los ojos y los labios que velaban, detrás de las persianas.

            A las cinco de la tarde, los dos jóvenes regresaron desorientados, con las manos vacías, sin comprender. Se apearon frente al café, y se quedaron parados allí, con los brazos caídos al costado del cuerpo y la mirada perdida hacia el fondo de la calle.

            Sólo les quedó, grabada indeleblemente en su vida y en sus ojos, la imagen de la mujer que amaban, con su blusa blanca, desafiando al viento, partiendo al galope en su caballo negro.
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sábado, 22 de septiembre de 2012

El viejo (Día Mundial del Alzheimer)


Entre pecho y espalda,
lo lleva,
lo carga.
En las manos, cual viento
que sopla
y se escapa.
En la mente, de olvidos
rellena,
cerrada.
El Alzheimer, maldito,
lo lleva
a la nada.

lunes, 20 de agosto de 2012

Lo que soy


El ayer, que por momentos
se ilumina de recuerdos,
y deja
prisioneros en las sombras,
aquellos tragos
de sabor amargo,
viene ahora a decirme
lo que soy.
Desde la otra orilla
de la vida, partí
con rumbo siempre incierto.
Bebí
de manantiales turbios,
y en los puros
acrisolé mi reflejo,
antes de dar de beber
a mi corcel de sueños.
Miro adelante,
y en la escarpada senda
que viborea
hacia el horizonte,
veo recortarse
la silueta
enigmática,
prometedora,
desafiante,
de tres puntos
suspensivos...

viernes, 22 de junio de 2012

La siesta


Don Pablo dormitaba en la mecedora, instalada bajo el amplio alero de la vieja casona. Por la galería corría un poco de aire fresco, que resultaba agradable, para contrarrestar los efectos de la tarde veraniega. La calma, obligada, por la intensidad del sol, se había adueñado del jardín, y sólo podía oírse un vago rumor de hojas y algún insecto, que trajinaba a la sombra de los arbustos.

De pronto, ante los ojos entrecerrados del anciano, aquel paisaje, que parecía estático, adquirió vida y movimiento, en la forma de dos alegres niños que corrían de un lado a otro.

El semblante de don Pablo se transformó: todo su orgullo de abuelo afloró en la mirada que dedicó a los pequeños, que jugaban y reían, indiferentes al calor agobiante.

El espacio verde, que separaba la casa de la calle, fue adquiriendo, en los momentos que siguieron, distintas características, según las dictaba la fecunda imaginación infantil: primero fue océano encrespado, donde se debatía el barco del pirata más legendario; luego se transformó en un callejón polvoriento, donde los dos pistoleros más rápidos del Far West se batieron a duelo.

Hubo unos instantes en que la acción se trasladó al frondoso tilo, devenido en inexpugnable castillo, donde dormía el ogro malvado. Tras un breve reposo, a la sombra del “castillo”, y el disfrute del sabroso botín de higos maduros, de nuevo los aventureros coparon el jardín. Porque las naves espaciales necesitan mucho espacio, para sus viajes interplanetarios...

Después, el partido de fútbol: ¡infaltable! Sólo que, a poco de comenzar, se detuvo abruptamente, y la pelota rodó, olvidada, hacia el alambrado que daba a la calle. Es que, en ese momento, Adelaida volvía de la escuela, con su túnica impecablemente blanca, su cabello al viento, su risa...

Se miraron, sonrojados, y se lanzaron furiosamente tras la pelota que, a los pocos minutos, volvió a ser el centro de su atención.

El sol había declinado un poco, y algunos pájaros llegaron, para colgar su música en las ramas frescas de los frutales. Los primeros trinos despertaron a don Pablo que, antes de abrir los ojos, notó que estaba sonriendo. Miró hacia el jardín, sereno, limpio, intocado...

¡Ah! ¡La vida, que no había querido darle nietos!

Y volvió a quedar dormido.

domingo, 20 de mayo de 2012

Vacaciones


           Parecen estrellas de mar. Giran... Giran... Sus brazos ondulan... Pero se ven enormes, y están suspendidas en el aire de mi dormitorio. Sí, reconozco mi habitación, aunque las paredes aparecen pintadas de colores fluorescentes, y los rincones han adquirido una oscuridad tan profunda, que me resulta imposible definirla.

            Desde allí, desde esos ignotos rincones,  me llegan voces, en animada conversación. Una de ellas es, claramente, la de mi abuela Orietta. Sí. Es inconfundible. La he extrañado mucho, ya hace dos años que murió. Entonces... ¡Claro! ¡Estoy soñando! Respiro, aliviado. Ya había empezado a preocuparme.

            Bebo un poco de agua, del vaso que está sobre la mesa de luz, y me dispongo a dormir nuevamente. Mañana es mi día libre, por lo que he apagado el reloj y el celular. Tal vez esa extraña danza de las estrellas de mar me sirva de arrullo, para conciliar el sueño.

            No sé cuánto tiempo he dormido. El estridente sonido de mi celular me saca, violentamente, del pozo profundo en que me veía, girando. Los párpados me pesan y, entre el embotamiento que me produce la somnolencia, alcanzo a distinguir que no es la alarma, sino una llamada. Atiendo, y de nuevo la sorpresa me invade

            — ¡Hola! ¡Mi nieto querido! ¿Cómo has estado? Soy tu abuela, Orietta.

            Mis labios se mueven, maquinalmente, y sé que he pronunciado algunas palabras, pero no escucho mi propia voz.

            — Claro que sí, cariño — su voz me suena como si la tuviera al lado— ¿Sabes?
Hace un momento estaba hablando de ti, con unas amigas. Les contaba de tu afición por el mar. Espero que mi accidente no te haya afectado, al punto de que reniegues de tus gustos.

            Mi abuela viajaba en un crucero, que se hundió cerca de las costas de Italia. Fue un accidente tonto, pero se cobró muchas vidas. Mientras las imágenes pasan por mi mente, le respondo algo, que tampoco puedo escuchar.

            — ¡Me alegro muchísimo! Eso me tranquiliza, y realmente hará más llevadera mi estancia aquí. ¡Te quiero mucho! ¡Un beso grande!

            Y cortó.

            Todavía aturdido, voy a dejar el celular sobre la mesa de luz, pero está llena de algas, que tengo que apartar. Entonces, recuerdo que había apagado el aparato, antes de acostarme. Comprendo que, nuevamente, estoy soñando. Esta vez el alivio es mayor. Por supuesto que mi abuela fue un ser muy especial para mi, y es lógico que la recuerde, aún en sueños. También es comprensible que aparezca el mar, dada la fascinación con que me atrae, desde niño. Pero la voz me ha sonado tan nítida, que todavía estoy estremecido por el horror.

            No se vislumbra, aún, la claridad del amanecer, pero decido que es mejor levantarme. Tal vez, más tarde, intente dormir otro poco. Me incorporo en la cama y, al bajar los pies, buscando mis pantuflas, éstos se hunden en el agua helada. El contraste entre el calor de mi piel, saliendo de entre las sábanas, y el frío inesperado del agua, termina de despertarme. ¿Qué está pasando? ¿Otra vez, la tubería del baño? Descalzo, camino hacia allí, notando que piso algo blando... ¡Arena! ¿Cómo es posible? ¡En el piso de mi dormitorio! ¡Ni siquiera en una inundación, estoy en un tercer piso!

            Me digo a mi mismo que debo tranquilizarme. Todo debe tener una explicación racional. Calma... Calma. ¡La ventana! ¡Eso es! Abrir, observar la noche, dejar que entre el aire fresco. Eso me ayudará a pensar. Camino hacia la pared, ya mis pies se han acostumbrado al frío del agua, dándome la sensación de que estoy totalmente sumergido. Intento abrir, pero... ¡Qué distraído! ¡Con mi experiencia, y no recordar que los ojos de buey no se abren! Me sonrío, agradeciendo que nadie me esté observando.

            Me dirijo al pasillo, viendo de reojo que ya el agua cubre la cama y la mesa de luz. ¡El celular! Pero ya es tarde. El agua, que se mece suavemente, ha deslizado el aparato, que se hunde rápidamente. ¡Qué contratiempo! ¿Cómo haré, ahora, para comunicarme con mi abuela, que viaja en un camarote al otro lado del barco?
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domingo, 22 de abril de 2012

Obediencia


            No tenían derecho a obligarlo a realizar aquella tarea. Podían hacerlo, pero no era justo.

            Repasó una y otra vez las órdenes que figuraban en el papel. Y cada vez que llegaba al final de la hoja, su enojo era mayor. ¿Qué se habían pensado? ¿En nombre de qué trasnochada autoridad dictaban ese tipo de órdenes? La creciente rebeldía le hacía temblar las manos y caminaba de un lado a otro de la pequeña habitación, como una fiera enjaulada.

            Se dirigió hasta el mueble — el único que había, aparte de la cama — sucio y desvencijado. De un estante, tomó una botella, de la cual bebió directamente, a grandes tragos, pasándose luego el antebrazo por la boca, para restañar los restos de bebida que caían por sus comisuras.

            Pensó en ellos. En aquel mismo momento, estarían frente a todos los medios de prensa, explicando — a su manera— la situación. Ante tanta falsedad e hipocresía, se le revolvió el estómago. Volvió a tomar la botella y la apuró hasta la última gota.

            Puso un momento su mano contra el pecho, sobre el bolsillo de la camisa, donde siempre llevaba una fotografía de su familia. Era una forma de no desprenderse totalmente de la realidad. Era un hilo delgado, que lo tironeaba desde el fondo de aquel horror, y lo elevaba, apenas, sobre la frontera de la locura.

            Miró sin ver, por última vez, aquel maldito papel. Luego lo arrojó al piso, tras acercarle un fósforo encendido. Esperó hasta que las cenizas se esparcieron por la pieza, empujadas por el viento frío que entraba por debajo de la puerta.

            Se dirigió nuevamente al mueble y tomó la pistola. Como un autómata, la revisó y la cargó. La colocó en la funda que llevaba a la cintura y salió afuera.

            Enfrente, a pocos metros, en un hediondo cobertizo que hacía las veces de calabozo, el hombre lo vio venir y comprendió. Lo miró con lástima, sin miedo, con la firmeza de quien sabe que ha cumplido hasta el final.

            El único árbol que había en aquel páramo se estremeció con las dos primeras detonaciones. Una paloma blanca, que anidaba entre sus ramas, voló, asustada, y se perdió hacia el horizonte.

            La última detonación quebró nuevamente el silencio y su eco se disolvió en el aire.

            La calma lo cubrió todo, como un sudario que ahogó el gemido de la tierra que, en dos lugares, se fue cubriendo lentamente de rojo.

domingo, 8 de abril de 2012

Vienen


Vienen
y golpean, como golpean
las olas en la playa,
y se vuelven al mar
para volver, siempre.

Vienen
y se van, como se van
las golondrinas, emigrando,
buscando calidez
en otros prados,
para volver, siempre.

Vienen
y me inquietan, como inquietan
las presencias agoreras
de los cuervos,
que rondan su presa
para volver, siempre.

Vienen
y me dejan, si me dejan,
sabor amargo de pasado y de futuro
no resueltos,
que nunca se van,
y vuelven siempre.