Desde una esquina del tiempo llega el rumor de sus voces. Mucho de lo que susurran a mi oído nunca será conocido. Pero algunas palabras verán la luz del papel, y serán.



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sábado, 16 de abril de 2016

Elección


   Los rayos del sol penetran en la imagen casi horizontalmente, creando unas sombras largas, estilizadas, sugerentes. A esta hora, en que la tarde agoniza, los distintos tonos de verde alcanzan su más diáfana expresión, antes de comenzar a opacarse lentamente y culminar siendo todos una única sombra. Los troncos, con sus ropas de musgo, han crecido libres, anárquicamente torcidos, según los ha guiado la luz que les da la vida.

  La ocre hojarasca, que se tiende cual manto crujiente, habla de renovación, de futura descomposición que volverá a trepar desde las raíces para plenificar de savia nueva hasta la última nervadura de la última hoja.


     El cuadro que se presenta ante mis ojos es de una belleza tal que afianza mi decisión: éste es el lugar indicado. Conociéndote como te conozco, estoy seguro que tú también estarías de acuerdo. ¿Quién osaría romper esta armonía y esta paz para buscar tu cadáver?
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domingo, 20 de marzo de 2016

Recuerdos en serie


        Todo ha ido a parar al sótano irremediablemente. Las estanterías están repletas de objetos que, en su momento, han sido importantes en mi vida, los he etiquetado y ordenado por fecha. A veces, me paso horas contemplándolos y reviviendo historias. El osito de peluche que me acompañó en la cuna, el uniforme del colegio, los patines -¡Ah, cuántos golpes!-, mi primera navaja, las calificaciones de la secundaria, el brazalete y los aros que le quité a mi primera víctima, las llaves de mi primer coche, algunas fotos de excursiones a las montañas, las bragas de mi segunda víctima…


        La alarma del móvil interrumpe mis recuerdos. Es la hora en que está sola en su casa y nadie podrá molestarnos. Los números redondos tienen una extraña fascinación, y con ella serán diez.

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domingo, 2 de febrero de 2014

Desconocido


     Entró al banco y fue directamente al escritorio tras el cual ella trabajaba.

     Habían pasado cinco años, y aun seguía en aquella tarea rutinaria, desgastante. Lo miró y dijo con voz impersonal:

     — Siéntese, y por favor sea breve, ya estamos por cerrar.

     Él se quedó cortado, sin llegar a comprender.


     La muerte, ¿lo había cambiado tanto que ella no pudo reconocerlo?
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jueves, 5 de septiembre de 2013

Cábala


         La pelota está colocada en el punto penal. Siento que toda la adrenalina del mundo corre por mis venas. El arquero camina lentamente hacia el arco, llega al centro, y se da vuelta muy despacio, en una guerra de nervios. Se agazapa y mira fijamente el balón, como si quisiera detenerlo con la mirada.
         
         En las tribunas se ha hecho un silencio espeso, palpable. Parece que todos han dejado de respirar, y que el tiempo también se ha quedado en suspenso. No es para menos, el momento es decisivo: si el disparo termina en gol, mi equipo logrará el campeonato. Pero si sale desviado, o el arquero lo ataja, será nuestro eterno rival el que salga campeón. ¡No quiero ni pensarlo! He implorado a todos los santos habidos y por haber y, temerariamente, me he colocado la camiseta número trece. ¡Sí! ¡La trece! Contra la opinión de todos, yo no creo que la mala suerte pueda provenir de una cifra.

            Así que aquí estoy, preparado para la gran definición. Pero… ¿Qué pasa? ¡No puede ser! Siento un dolor muy fuerte en el pie derecho. ¡Es un calambre! ¡No, no, no, ahora no, por favor! ¡El árbitro se lleva el silbato a la boca, ya va a dar la orden!

            El dolor se torna insoportable, y ya no puedo mantenerme en pie. Todo gira a mi alrededor, y siento que caigo en cámara lenta. Todo se vuelve borroso: la pelota, el arco, la gente…


            Unos brazos me sostienen,  impiden que me golpee contra el suelo. El sombrero de colores me cubre los ojos. Alguien me quita la cerveza de las manos, mientras desde el televisor se escucha el grito de gol… ¡Somos campeones!

domingo, 24 de marzo de 2013

Gestación




            El titilar del cursor amenaza convertirse en una visión insoportable. Su sonido, inexistente, comienza a crecer en el centro de mi cabeza, como un martillo que, golpe a golpe, va hundiendo un clavo, que penetra hasta el tuétano de mi voluntad.
            Ese pequeño punto arriba, a la izquierda de la pantalla en blanco, se me aparece como el ojo de un remolino, por donde se fueron todas las palabras.
            El cursor sigue machacando, y el dolor llega hasta los dedos, que languidecen sobre el teclado. Las letras, otrora cómplices de incontables aventuras, han tornado signos incomprensibles, revoltijo de trazos desconocidos.
            El caos, ensombrecido, sube brazos arriba y acongoja al corazón, que no puede reprimir una lágrima. La angustiosa perla rueda mejillas abajo, y cae blandamente sobre la hoja en blanco. Mis ojos, enrojecidos por la estéril vigilia, reparan en la brevísima mancha que se ha dibujado en el papel. Entonces, el ensordecedor tableteo del cursor se detiene bruscamente, y mi mirada, atónita, asiste al nacimiento de las primeras letras:

Llanto que has venido
en auxilio de mi alma
que, desorientada,
imploraba el milagro
de ver destruidos
los muros horrendos
donde, prisionera,
mi musa clamaba.
Llanto que haces fértil
mi imaginación,
donde fluyen de nuevo,
en versos, mis palabras.
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martes, 12 de marzo de 2013

Vida




          La humeante taza de café, como otras veces, le ha servido de excusa para dejarse llevar por los recuerdos. Con los ojos entrecerrados, se reclina un poco en el sillón. La madera de haya cruje levemente. Los mullidos almohadones, forrados de piel natural, amortiguan su peso. Imágenes de diferentes momentos de su vida comienzan a desfilar, en una lenta secuencia, como si el inmenso televisor de plasma de cincuenta pulgadas, que domina la sala, se hubiera puesto de pronto a trasmitir su biografía.

          Se ve más joven, en las aulas de la Universidad, audaz y pujante, con la mirada llena de sueños por cumplir. Imposible olvidar el día de su graduación: el ingeniero más joven de su generación, con las máximas calificaciones. Los éxitos, que comienzan a sucederse en progresión geométrica, la fama, el reconocimiento… Y ella. Ella, que llena todos los espacios que quedaban vacíos, y redondea la perfección de su vida.

          La boda. Los viajes. Los hijos. ¡Ah, los hijos! ¡Cómo transformaron su vida! La alegría inundaba los rincones de la casa. Y todo coronado por la sonrisa, plena de felicidad, de la mujer amada.

          Un suave tintineo lo saca de su abstracción. Se incorpora, sin sobresalto. Ya está acostumbrado. Un transeúnte que, al pasar, ha dejado caer una moneda en el sucio cuenco de lata.

          Se arrebuja un poco más bajo las hojas de periódico que lo cubren –apenas- del intenso frío.
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domingo, 3 de marzo de 2013

viernes, 28 de diciembre de 2012

Libertad



Estaba sentado junto al enorme ventanal, que daba al jardín. La tarde era luminosa, y los rayos del sol atravesaban la habitación, haciendo resaltar el blanco a la cal que lucían las gruesas paredes.

A lo lejos, por el camino que llegaba hasta la entrada de la casa, se veía venir a alguien, caminando muy despacio. Cuando estuvo a una distancia que le permitió reconocerlo, el hombre se paró de un salto. Acercó su cara casi hasta tocar el cristal de la ventana, como no dando crédito a lo que veía. Luego, caminó nerviosamente por la habitación, de un lado a otro, tratando de decidir qué hacer. Finalmente, se dirigió a la maciza puerta de roble, la abrió, y salió al pasillo. Allí la luz llegaba a través de una claraboya, cuyos cristales de colores daban un aspecto particular al ambiente. Pero no era la luz diáfana que entraba por los ventanales. Aquí, los cuadros y las esculturas proyectaban unas sombras extrañas, matizadas de distintos tonos.

Caminó hasta el otro extremo, y desembocó en un pequeño hall, donde se encontraba la puerta principal. Un instante antes de llegar, recordó que no traía la llave, por lo que giró sobre sus pasos y regresó a la habitación.

Al abrir la puerta, la oscuridad lo envolvió totalmente. Sólo el resplandor que venía del pasillo le permitió caminar unos pasos sin tropezar, pero duró muy poco, porque la pesada puerta se cerró tras él, y todo se volvió negro.

La sorpresa y la oscuridad lo paralizaron por unos minutos. Sintió las manos húmedas y temblorosas. Estiró los brazos, buscando a tientas una de las paredes. Necesitaba llegar al interruptor de la luz. Sus dedos chocaron con la dureza del muro, y comenzaron a recorrerlo. Notaba claramente las aristas irregulares de los toscos ladrillos. Aquello no era su habitación, de paredes lisas y blancas...

De pronto, una tenue luz rasgó la oscuridad, y escuchó unos pasos. Alguien se acercaba por el pasillo, y la luz se hacía cada vez más clara. Podía verlo, a través del hueco de la puerta, que ahora... ¡aparecía cerrado con una reja!

Se acercó a los hierros oxidados, y se aferró a los barrotes, sacudiéndolos, pero no cedieron un ápice. La cadena y el candado evidenciaban no haber sido abiertos en mucho tiempo.

El desconocido llegó frente a la puerta, y colocó en un soporte la lámpara de aceite que traía en su mano izquierda. Una gruesa capucha le cubría la cabeza y le ocultaba el rostro. En su mano derecha traía un plato de lata, con un trozo de pan y un vaso de agua, que dejó al pie de la reja. Luego se fue, lentamente, por donde había venido.

Del otro lado de los barrotes, un grito de horror pugnaba por salir de una garganta, mientras un cuerpo, cubierto de andrajos, se deslizaba, despacio, hasta caer de rodillas, sobre las cucarachas que se disputaban el rancio trozo de pan.
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domingo, 11 de noviembre de 2012

Un blog amigo (III)


Comparto un enlace a mi participación, en este mes de Noviembre, en el blog amigo "Esta noche te cuento".

http://estanochetecuento.blogspot.com/2012/11/nov77-despedida-de-hugo-jesus-mion.html

Los invito a leer éste y los demás textos, de todos los participantes. El tema del mes es: "Como el fuego..."

miércoles, 3 de octubre de 2012

Luz


El agua se deslizó por las ventanas, dibujando tortuosos surcos en el polvo que cubría los cristales.

En la última hora de la tarde había comenzado a llover copiosamente, y ahora, ya entrada la noche, el suelo estaba anegado, y los relámpagos continuaban su intermitente irrupción en la oscuridad del cielo.

La violencia y el estruendo de un rayo se hicieron sentir por sobre el cercano bosque de pinos, y el eco de la descarga se fue apagando, lentamente, hasta perderse en los arbustos que rodeaban la ruinosa casa.

Adentro, el hombre permanecía ajeno a aquel despliegue de efectos visuales y sonoros que ofrecía la Naturaleza. La tormenta lo había sorprendido mientras caminaba hacia el pueblo, y se había guarecido en aquel lugar abandonado.

Su mirada se perdía tras la espesa cortina de agua, pero no veía la noche.

La carta que ella le enviara, cuidadosamente doblada junto a su pecho, había transformado su vida en un permanente día de sol.
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viernes, 22 de junio de 2012

La siesta


Don Pablo dormitaba en la mecedora, instalada bajo el amplio alero de la vieja casona. Por la galería corría un poco de aire fresco, que resultaba agradable, para contrarrestar los efectos de la tarde veraniega. La calma, obligada, por la intensidad del sol, se había adueñado del jardín, y sólo podía oírse un vago rumor de hojas y algún insecto, que trajinaba a la sombra de los arbustos.

De pronto, ante los ojos entrecerrados del anciano, aquel paisaje, que parecía estático, adquirió vida y movimiento, en la forma de dos alegres niños que corrían de un lado a otro.

El semblante de don Pablo se transformó: todo su orgullo de abuelo afloró en la mirada que dedicó a los pequeños, que jugaban y reían, indiferentes al calor agobiante.

El espacio verde, que separaba la casa de la calle, fue adquiriendo, en los momentos que siguieron, distintas características, según las dictaba la fecunda imaginación infantil: primero fue océano encrespado, donde se debatía el barco del pirata más legendario; luego se transformó en un callejón polvoriento, donde los dos pistoleros más rápidos del Far West se batieron a duelo.

Hubo unos instantes en que la acción se trasladó al frondoso tilo, devenido en inexpugnable castillo, donde dormía el ogro malvado. Tras un breve reposo, a la sombra del “castillo”, y el disfrute del sabroso botín de higos maduros, de nuevo los aventureros coparon el jardín. Porque las naves espaciales necesitan mucho espacio, para sus viajes interplanetarios...

Después, el partido de fútbol: ¡infaltable! Sólo que, a poco de comenzar, se detuvo abruptamente, y la pelota rodó, olvidada, hacia el alambrado que daba a la calle. Es que, en ese momento, Adelaida volvía de la escuela, con su túnica impecablemente blanca, su cabello al viento, su risa...

Se miraron, sonrojados, y se lanzaron furiosamente tras la pelota que, a los pocos minutos, volvió a ser el centro de su atención.

El sol había declinado un poco, y algunos pájaros llegaron, para colgar su música en las ramas frescas de los frutales. Los primeros trinos despertaron a don Pablo que, antes de abrir los ojos, notó que estaba sonriendo. Miró hacia el jardín, sereno, limpio, intocado...

¡Ah! ¡La vida, que no había querido darle nietos!

Y volvió a quedar dormido.

martes, 19 de junio de 2012

Ultimátum


Los rostros evidenciaban nerviosismo y temor. El ambiente, débilmente iluminado, contribuía a aumentar la sensación de opresión. Todos estaban de pie, formando un medio círculo alrededor del enorme escritorio de roble, tras el cual se encontraba, sentado, el jefe supremo de la organización mafiosa: Don Benito.

El Capo fue observándolos, uno a uno, y ninguno fue capaz de soportarle la mirada, especialmente las dos mujeres, que se miraban las puntas de sus zapatos blancos, y restregaban fuertemente sus manos.

La voz surgió profunda y ronca, con una suave frialdad, que erizaba la piel:


— Quiero que sea eliminada. Y no toleraré ningún error, ¿entendido? Ninguno.

Sus ojos, escrutadores, notaron que uno de los hombres, el más obeso, temblaba visiblemente, como si quisiera decir algo y no se atreviera.

— ¿Qué sucede, Giovanni? ¿Hay algún problema? Tú eres el responsable de que no existan fallos.

El hombre hacía girar su gorra entre las manos, y miraba de reojo a sus compañeros, en busca de apoyo.

— Señor... Usted sabe que después... nuestras posibilidades se verán limitadas...

El gesto del jefe perdió algo de dureza, y habló en un tono comprensivo, paternal:

— Lo sé, lo sé. Pero...el médico ha dicho: Ni una pizca de sal. Por lo tanto, la eliminan totalmente de la cocina, ¿capito?
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martes, 12 de junio de 2012

Versión 2.0


            Cayó al suelo, exhausto. Su espada había quedado clavada en el pecho del horrible monstruo. Finalmente, había vencido. Pero estaba aturdido por los golpes recibidos y la cabeza le daba vueltas.

            Notó un hilo, atado fuertemente a uno de sus dedos. Acostumbraba anudarse un hilo para no olvidar las tareas importantes, pero ahora no podía recordar para qué lo había puesto allí.

            Empezó a caminar, buscando la salida, tratando de orientarse por los múltiples pasillos. Fue y vino por varios de ellos, pero siempre encontraba una pared que le cerraba el paso. Después de varias vueltas, el hilo se había enredado, y tuvo que cortarlo para moverse con comodidad.

            Pasó mucho tiempo intentando encontrar la salida, pero nunca lo logró. Aquello era un verdadero laberinto.

            Afuera, cansada de esperar, Ariadna recogió el hilo, hizo una madeja y se retiró, muy triste, pensando que Teseo había muerto a manos del Minotauro.
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miércoles, 30 de mayo de 2012

Resaca


Cuando se despertó, ya la mañana estaba avanzada. No descorrió las cortinas, no hubiera soportado el resplandor del sol.

El recuerdo de la pasada noche de copas, se transformó en náuseas. Fue a la cocina, a prepararse un café, y encendió el televisor. Puso un noticiero, necesitaba saber en qué día estaba viviendo.

El presentador hablaba de una nueva víctima del asesino serial... ¡Cuánta locura! ¡En pleno siglo XXI, alguien se dedicaba a desangrar a mujeres jóvenes, al estilo del conde Drácula!

Fue a beber un sorbo de café, y el tintineo de sus colmillos contra el borde de la taza lo trajo a la realidad.
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viernes, 25 de mayo de 2012

Espectador


El hombre tenía las piernas estiradas, con los pies apoyados sobre la pequeña mesa, que estaba cubierta de platillos con restos de comida. Había varias botellas vacías alrededor del sofá, y el cenicero desbordaba de colillas.


En la pantalla del televisor, la película llegaba a su momento más emotivo: el protagonista lograba rescatar a la muchacha, eliminando a todos sus captores, y la tomaba entre sus brazos, para declararle su amor.

Pero el hombre no pudo disfrutar del desenlace. Hacía más de media hora, el paro cardíaco había sido fulminante.
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jueves, 24 de mayo de 2012

De precauciones se trata


El viento, fortísimo, sacudió violentamente mi casa, y poco a poco, la fue desmantelando.

Afuera, en las sombras, brillaron por un instante aquellos ojos, que me venían acechando desde hacía varios días. No tuve otra opción que huir. Mi vida dependía, ahora, de mi velocidad.

Mientras corría, sintiendo muy cerca el fétido aliento de mi perseguidor, recordé las sabias palabras de mi hermano mayor. ¡Cuánta razón tenía!

Nunca debí construir mi choza de paja.

lunes, 14 de mayo de 2012

Martes y Sábados


             — No importa lo que haya hecho, ni lo que digan de él. Es mi nieto, y punto – dijo Etelvina, y salió de la pieza, apartando de un manotazo el raído trozo de tela que hacía las veces de puerta.


            Afuera, caía una fría y pertinaz llovizna. Todo se iba transformando, lentamente, en barro. Parecía que hasta los pensamientos se mezclaban, en una pasta pegajosa, con la tierra greda empapada.

            Pero a Etelvina nada de eso le importó. Con un pesado bolso en cada mano, se lanzó al camino que conducía al pueblo, si es que se podía llamar camino a aquel tortuoso sendero, donde competían las piedras, los yuyos, y las profundas huellas de los carros, que ahora aparecían llenas de un agua espesa y amarronada.

            El obeso cuerpo de la mujer se bamboleaba, equilibrando su andar con el peso de los bolsos. Aunque eran las dos de la tarde, la plomiza cortina de agua se había robado la luz. La silueta borrosa de Etelvina parecía un enorme pato, que avanzaba trabajosamente por el lodazal. No llevaba nada para protegerse de la lluvia, por lo que el agua se iba adueñando de sus cabellos y de su ropa, aunque no de los bolsos, que estaban bien envueltos en sendas bolsas de plástico.

            Llevaba unas viejas botas de cuero, agujereadas, que no hacían más que entorpecer su caminar, dado que, a cada paso, el barro se les adhería y se llenaban de agua, resultando cada vez más pesadas.

            Tras un rato, que pareció eterno, sus pasos comenzaron a sonar más firmes, en las primeras calles asfaltadas del pueblo. Se detuvo un momento, para alivianar sus botas del molesto barro, y quitarse los cabellos de la cara. Aterida, ya no sentía el frío. Sólo quería llegar a su destino.

            El badajo golpeó tres veces la campana de la iglesia. No se había extinguido aún el sonido del bronce cuando, entre el húmedo gris de la tormenta que arreciaba, apareció la mole, aún más oscura, del edificio de la cárcel.

lunes, 7 de mayo de 2012

Falso testimonio


             La serpiente se arrastraba, sigilosamente. El único sonido audible era el roce de su escamoso vientre, contra el pasto. Unos veinte metros más adelante, un hombre y una mujer discutían acaloradamente.

            De pronto, se escuchó una potente voz, aunque el reptil no pudo ver a nadie. La nueva presencia hizo callar a la pareja, y ellos bajaron sus cabezas, avergonzados. El hombre apuntó con su dedo índice a la mujer, y ésta se irguió, desafiante, mientras pronunciaba unas palabras que, hasta hoy, resultan incomprensibles para el rastrero animal.

            Dijo, señalando hacia el bosque:

            — La serpiente me sedujo, y comí.

martes, 1 de mayo de 2012

Pericia técnica


            Sonó un seco estampido. Algunos transeúntes voltearon la cabeza, sorprendidos. A mitad de la cuadra, el murmullo de voces fue creciendo.

            El hombre caminó dos pasos, tambaleante, y luego se desplomó. Cayó sobre su costado derecho, golpeó su hombro y su cabeza y luego giró pesadamente, hasta quedar boca abajo, con los brazos abiertos y la cara pegada al piso. Unos metros a su alrededor, se fue formando rápidamente un círculo de rostros curiosos, y el morbo comenzó su obra.

            Desde un comercio cercano llamaron a la policía, y alguien se acercó con un trozo de lona para cubrir el cuerpo. Llegó un patrullero con las luces y la sirena encendidas. De él, bajaron cuatro policías y comenzaron a interrogar a los presentes: ¿Quién es este hombre? ¿Alguien vio al que disparó? ¿Por dónde huyó? ¿Era uno solo? ¿Podrían describirlo? ¿Saben si este hombre tenía enemigos? ¡Por favor, llamen una ambulancia! ¡El forense! ¡No toquen nada!

            Mientras los agentes anotaban los testimonios en sus libretas, llegó el médico forense y, detrás suyo, una ambulancia, aguardando la orden de retirar el cuerpo.

            En ese momento, desde el hotel que estaba enfrente, salió el propietario, corriendo y gritando hacia los policías:

            — ¡Ayuda! ¡En el segundo piso, uno de los clientes se pegó un tiro! ¡Ayuda!

            Todos se giraron a mirarlo, sorprendidos, y por unos momentos, reinó la confusión.

            Hasta que uno de los presentes advirtió el detalle:

            — ¡Esperen! ¡Todos escuchamos un solo disparo!

            Y todos, al unísono, dirigieron sus miradas al cuerpo del hombre que estaba tirado en el suelo. Y todos, al unísono, tuvieron la mayor de las sorpresas, al verlo sentado junto al forense, con los ojos desorbitados por lo que veía a su alrededor.

            Tres metros más atrás, una baldosa suelta lo había hecho tropezar, con tan mala fortuna que, al caer, golpeó su cabeza y se desvaneció por un momento.


lunes, 9 de abril de 2012

Demoledor


El puñetazo le dio de lleno en la cara y le hizo perder el equilibrio. Se golpeó contra la pared y ésta se resquebrajó, dando toda la impresión de que la casa iba a desmoronarse de un momento a otro. Mientras intentaba levantarse, sacudiendo la cabeza, aturdido, alguien trajo un largo tirante de madera, que encajó firmemente en la estructura, para evitar la caída del techo. Como se distrajo, mirando aquella solución de emergencia, el segundo puñetazo lo tomó totalmente desprevenido. Justo en el mentón, de abajo hacia arriba. Fulminante. Su cuerpo se elevó, para después caer con todo su peso sobre la mesa del comedor, que se hizo añicos. La misma persona que había sostenido el techo fue quien trajo los trozos de hielo que lo reanimaron. Todo giraba, sicodélicamente, a su alrededor.

            Hasta que todo se detuvo, bruscamente, tras una combinación de golpes: uno al ojo izquierdo y otro al derecho. Mientras se tambaleaba, observó que, desde la cercana Catedral, iban saliendo los novios, entre la algarabía de la gente, que les lanzaba puñados de arroz. Todos gritaban, aplaudían y reían. En ese momento, comenzaron a sonar las campanas.

            Milagrosamente, se mantenía en pie, cuando el técnico lo abrazó y lo llevó hasta su esquina.

            — ¡Tienes que defenderte! ¡Si te sigue golpeando así, vas a tener alucinaciones!