Desde una esquina del tiempo llega el rumor de sus voces. Mucho de lo que susurran a mi oído nunca será conocido. Pero algunas palabras verán la luz del papel, y serán.



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miércoles, 12 de diciembre de 2012

Colores


La calle polvorienta se encuentra desierta. El calor agobiante del mediodía ha obligado a reducir los esfuerzos a su mínima expresión. Los niños han desaparecido en el interior de las casas, dejando tras de sí, en la tierra reseca, las marcas de sus juegos, que lentamente comienzan a borrarse, a manos del cálido viento del sur.

A la sombra de uno de los pocos árboles que ornan las veredas, un herrumbrado cartel señala la única parada de ómnibus que posee el pueblo.

Un rumor sordo comienza a hendir el pesado silencio. Desde el fondo de la calle, con un traqueteo lento y desparejo, el vetusto coche se aproxima, transportando una docena de pasajeros. Cuando llega frente al ilegible cartel, la puerta delantera se abre, con un chirrido lastimero. El conductor desciende, cansinamente, portando una gran corona de flores, sustentada en un trípode de madera, que deposita junto a la pared más cercana. Luego, hace lo mismo con un ramo, algo más pequeño.

Antes de retirarse, se persigna torpemente, y adivino que, dentro del ómnibus, todos hacen lo mismo

El destartalado vehículo reanuda su marcha, y la vereda polvorienta vuelve a quedar vacía. Los intensos rayos del sol se reflejan en la blanquísima cinta de seda que atraviesa la corona, luciendo, con letras doradas, el nombre del difunto.

Desde la esquina cercana, donde me he detenido a observar la escena, puedo advertir los casi imperceptibles movimientos de algunas persianas, y los consecuentes cuchicheos detrás de las ventanas. Pero sé que nadie saldrá a la calle. Entonces, aunque no había pensado hacerlo, me dirijo al velorio, para avisar a los familiares que algún amigo de la ciudad ha tenido con ellos un gesto de condolencia.

Y allí, junto a la pared semiderruida donde han quedado apoyadas, las coloridas flores regalan, contradictoriamente, una explosión de vida, que se da de lleno contra el ocre y el gris de este pueblo olvidado de la mano de Dios. 
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domingo, 18 de marzo de 2012

El ómnibus


             Salió corriendo a la calle, con el pelo mojado, recogido en una trenza, y el uniforme escolar puesto a medias. Cuando el ómnibus se detuvo en la parada, a ella le faltaba media cuadra para llegar, pero el conductor la conocía, y se entretuvo un poco, para darle tiempo a alcanzarlo. Cuando logró ubicarse en un asiento, soltó el aire de sus pulmones y terminó de arreglarse la ropa. Miró, distraídamente, por la ventanilla. Sus ojos de ama de casa ya no descubrían belleza en aquellos paisajes habituales, todo le parecía monótono. Para colmo, las náuseas del embarazo le hacían muy incómodo el viaje. A la mitad del recorrido, subió un vendedor de caramelos. La insistencia de su pequeño hijo logró que comprara dos bolsitas. Incluso comió algunos, con la esperanza de endulzar un poco la jornada. Cuando llegaron al cruce con la avenida principal, el tránsito estaba detenido, por una manifestación de trabajadores. Se puso muy nerviosa: no quería llegar tarde a la ceremonia de graduación de su hijo. ¡Le parecía mentira! ¡Verlo recibido de arquitecto! Pero la demora no fue demasiado y, en la siguiente parada, subieron sus amigas, sus compañeras inseparables del Club de la tercera edad que frecuentaban.

            El ómnibus se detuvo, y el conductor tuvo que acercarse a su asiento para despertarla.

            — ¡Abuela, despierte! Usted se baja aquí. Mire, ahí están sus nietos, esperándola.