La calle
polvorienta se encuentra desierta. El calor agobiante del mediodía ha obligado
a reducir los esfuerzos a su mínima expresión. Los niños han desaparecido en el
interior de las casas, dejando tras de sí, en la tierra reseca, las marcas de
sus juegos, que lentamente comienzan a borrarse, a manos del cálido viento del
sur.
A la sombra de
uno de los pocos árboles que ornan las veredas, un herrumbrado cartel señala la
única parada de ómnibus que posee el pueblo.
Un rumor sordo
comienza a hendir el pesado silencio. Desde el fondo de la calle, con un
traqueteo lento y desparejo, el vetusto coche se aproxima, transportando una
docena de pasajeros. Cuando llega frente al ilegible cartel, la puerta
delantera se abre, con un chirrido lastimero. El conductor desciende,
cansinamente, portando una gran corona de flores, sustentada en un trípode de
madera, que deposita junto a la pared más cercana. Luego, hace lo mismo con un
ramo, algo más pequeño.
Antes de
retirarse, se persigna torpemente, y adivino que, dentro del ómnibus, todos
hacen lo mismo
El destartalado
vehículo reanuda su marcha, y la vereda polvorienta vuelve a quedar vacía. Los
intensos rayos del sol se reflejan en la blanquísima cinta de seda que
atraviesa la corona, luciendo, con letras doradas, el nombre del difunto.
Desde la esquina
cercana, donde me he detenido a observar la escena, puedo advertir los casi
imperceptibles movimientos de algunas persianas, y los consecuentes cuchicheos
detrás de las ventanas. Pero sé que nadie saldrá a la calle. Entonces, aunque
no había pensado hacerlo, me dirijo al velorio, para avisar a los familiares
que algún amigo de la ciudad ha tenido con ellos un gesto de condolencia.
Y allí, junto a
la pared semiderruida donde han quedado apoyadas, las coloridas flores regalan,
contradictoriamente, una explosión de vida, que se da de lleno contra el ocre y
el gris de este pueblo olvidado de la mano de Dios.
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