Desde una esquina del tiempo llega el rumor de sus voces. Mucho de lo que susurran a mi oído nunca será conocido. Pero algunas palabras verán la luz del papel, y serán.



jueves, 3 de mayo de 2012

Una locura


Sobre su escritorio había un montón de papeles que esperaban su firma y el golpe de gracia otorgado por el Sello Real.

Dedicaba, cada día, dos o tres horas a esta tarea. No se tomaba la molestia de leer el contenido de los papeles, que ya venían preparados por su séquito de ocho secretarios. Tampoco hubiera sido posible, dado el gran volumen de documentos que le llegaban.

En realidad, hubiera deseado pasar esas horas jugando al golf, o disfrutando en alguna de sus mansiones, distribuidas estratégicamente por todo el país. Pero el cumplimiento de ciertos protocolos –aunque mínimos-, le aseguraba mantener su poder político y social, además de las jugosas expensas con que podía sostener su status y el brillo de toda la parafernalia con que se rodeaba. Su familia era grande y se extendía cada vez más, al irse casando sus hijas e hijos. Tenía, además, el nexo indispensable con otras familias reales, no fuera cosa que se debilitara el azul de la sangre.

Firmaba y sellaba, casi sin mirar, pero uno de aquellos papeles le llamó la atención, por su colorido. Su rostro se iluminó con una sonrisa. A su memoria vinieron lo espléndidos días pasados en aquel país exótico: las majestuosas fiestas, las playas paradisíacas, las excursiones de cacería... ¡Qué más da, que algunas especies estuvieran en extinción! En su opinión, algunas pieles son imposibles de imitar sintéticamente, y no le parecía justo que la reina luciera en su ropa algún burdo invento de laboratorio.

Rubricó aquel documento con satisfacción: las arcas del Estado quedaban así autorizadas a pagar los cuantiosos gastos en que había incurrido durante su paseo. ¡Ah! ¡Los súbditos! ¡Deberían sentirse orgullosos! Gracias a sus aportes, la monarquía aparecía fortalecida ante el mundo y, gracias a ellos, en la próxima boda la reina luciría una estola única, natural, de una suavidad excepcional.

Pensó que ya tenía bastante por ese día. Ya continuaría después con su rutina. Ese último documento le había despertado sensaciones alegres, y decidió regalarse una buena ración de whisky escocés. Se dejó caer en uno de los enormes sillones de cuero repujado, se quitó los zapatos y encendió el televisor. Fue pasando rápidamente los canales, mientras hacía una mueca de disgusto: todos estaban difundiendo imágenes de las marchas de protesta, organizadas por todo el país. La crisis económica golpeaba fuerte a la población; el desempleo era altísimo y la gente perdía sus casas, sus bienes y sus esperanzas. ¡Qué fastidio! Tomó el control remoto y, tras apagar el aparato, lo lanzó lejos, al otro lado de la sala.
* * *
El golpe que dio contra la pared coincidió con el de una rama contra mi ventana, y me desperté. Era una noche de tormenta y viento. Me senté en la cama y encendí la luz. No hubiera necesitado despertarme para saber que todo había sido un sueño, ¡claro que no! ¡Estamos en el Siglo XXI! ¿Quién podría siquiera imaginar que a estas alturas subsistiera alguna monarquía? ¡Sólo en la locura de los sueños!

Apagué la luz y me dispuse a seguir durmiendo, con la tranquilidad de un bebé. Tal vez ahora pudiera soñar con algo más realista... Bueno, algo más...real, de realidad, ¿me entienden? 

3 comentarios:

  1. Nosotros vivimos soñando Hugo, y en cuanto a las monarquías todavía existen.
    Nosotros también somos reyes en lo nuestro, que va!
    Un abrazo.

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  2. (Risas) Estupendo, estupendo cuento, amigo. Y gracias, por cierto.
    Alguien me enseño un vez a pensar responsablemente y a entender que las personas, por regla general, tenemos lo que nos merecemos, y es verdad. El pueblo tiene los dirigentes que merece. Demasiados mosquitos amórfoles y demasiado palurdismo -algún día escribiré ese cuento-. Y con tal aturdimiento, ese pueblo se queja muy poco, se conforma con sus dos miseros "reales" y su "Real" Madrid. Para lo demás hay que leer.
    Grande, Hugo!
    Un abrazo.

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