Desde una esquina del tiempo llega el rumor de sus voces. Mucho de lo que susurran a mi oído nunca será conocido. Pero algunas palabras verán la luz del papel, y serán.



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sábado, 22 de septiembre de 2012

El viejo (Día Mundial del Alzheimer)


Entre pecho y espalda,
lo lleva,
lo carga.
En las manos, cual viento
que sopla
y se escapa.
En la mente, de olvidos
rellena,
cerrada.
El Alzheimer, maldito,
lo lleva
a la nada.

lunes, 14 de mayo de 2012

Martes y Sábados


             — No importa lo que haya hecho, ni lo que digan de él. Es mi nieto, y punto – dijo Etelvina, y salió de la pieza, apartando de un manotazo el raído trozo de tela que hacía las veces de puerta.


            Afuera, caía una fría y pertinaz llovizna. Todo se iba transformando, lentamente, en barro. Parecía que hasta los pensamientos se mezclaban, en una pasta pegajosa, con la tierra greda empapada.

            Pero a Etelvina nada de eso le importó. Con un pesado bolso en cada mano, se lanzó al camino que conducía al pueblo, si es que se podía llamar camino a aquel tortuoso sendero, donde competían las piedras, los yuyos, y las profundas huellas de los carros, que ahora aparecían llenas de un agua espesa y amarronada.

            El obeso cuerpo de la mujer se bamboleaba, equilibrando su andar con el peso de los bolsos. Aunque eran las dos de la tarde, la plomiza cortina de agua se había robado la luz. La silueta borrosa de Etelvina parecía un enorme pato, que avanzaba trabajosamente por el lodazal. No llevaba nada para protegerse de la lluvia, por lo que el agua se iba adueñando de sus cabellos y de su ropa, aunque no de los bolsos, que estaban bien envueltos en sendas bolsas de plástico.

            Llevaba unas viejas botas de cuero, agujereadas, que no hacían más que entorpecer su caminar, dado que, a cada paso, el barro se les adhería y se llenaban de agua, resultando cada vez más pesadas.

            Tras un rato, que pareció eterno, sus pasos comenzaron a sonar más firmes, en las primeras calles asfaltadas del pueblo. Se detuvo un momento, para alivianar sus botas del molesto barro, y quitarse los cabellos de la cara. Aterida, ya no sentía el frío. Sólo quería llegar a su destino.

            El badajo golpeó tres veces la campana de la iglesia. No se había extinguido aún el sonido del bronce cuando, entre el húmedo gris de la tormenta que arreciaba, apareció la mole, aún más oscura, del edificio de la cárcel.

domingo, 22 de abril de 2012

Obediencia


            No tenían derecho a obligarlo a realizar aquella tarea. Podían hacerlo, pero no era justo.

            Repasó una y otra vez las órdenes que figuraban en el papel. Y cada vez que llegaba al final de la hoja, su enojo era mayor. ¿Qué se habían pensado? ¿En nombre de qué trasnochada autoridad dictaban ese tipo de órdenes? La creciente rebeldía le hacía temblar las manos y caminaba de un lado a otro de la pequeña habitación, como una fiera enjaulada.

            Se dirigió hasta el mueble — el único que había, aparte de la cama — sucio y desvencijado. De un estante, tomó una botella, de la cual bebió directamente, a grandes tragos, pasándose luego el antebrazo por la boca, para restañar los restos de bebida que caían por sus comisuras.

            Pensó en ellos. En aquel mismo momento, estarían frente a todos los medios de prensa, explicando — a su manera— la situación. Ante tanta falsedad e hipocresía, se le revolvió el estómago. Volvió a tomar la botella y la apuró hasta la última gota.

            Puso un momento su mano contra el pecho, sobre el bolsillo de la camisa, donde siempre llevaba una fotografía de su familia. Era una forma de no desprenderse totalmente de la realidad. Era un hilo delgado, que lo tironeaba desde el fondo de aquel horror, y lo elevaba, apenas, sobre la frontera de la locura.

            Miró sin ver, por última vez, aquel maldito papel. Luego lo arrojó al piso, tras acercarle un fósforo encendido. Esperó hasta que las cenizas se esparcieron por la pieza, empujadas por el viento frío que entraba por debajo de la puerta.

            Se dirigió nuevamente al mueble y tomó la pistola. Como un autómata, la revisó y la cargó. La colocó en la funda que llevaba a la cintura y salió afuera.

            Enfrente, a pocos metros, en un hediondo cobertizo que hacía las veces de calabozo, el hombre lo vio venir y comprendió. Lo miró con lástima, sin miedo, con la firmeza de quien sabe que ha cumplido hasta el final.

            El único árbol que había en aquel páramo se estremeció con las dos primeras detonaciones. Una paloma blanca, que anidaba entre sus ramas, voló, asustada, y se perdió hacia el horizonte.

            La última detonación quebró nuevamente el silencio y su eco se disolvió en el aire.

            La calma lo cubrió todo, como un sudario que ahogó el gemido de la tierra que, en dos lugares, se fue cubriendo lentamente de rojo.

domingo, 15 de abril de 2012

Tras sus huellas


                Tuve que saltar ágilmente para ocultarme tras un saliente de la pared. No podía permitir que me descubriera, y ahora él estaba girando su cabeza hacia atrás, como si desconfiara.

            Yo no había logrado ver su rostro, aún. Comencé a seguirlo desde el momento en que salió del lugar indicado y me mantuve a una distancia prudencial, para que no adivinara mi presencia. Al principio, caminó muy lentamente, como absorto en sus pensamientos. Incluso, se detuvo un par de veces, como dudando si continuar o no. Pero nunca volteó hacia mí.

            Un aire en su manera de caminar daba leves toquecitos en mi memoria, como buscando la similitud con alguien que yo conocía, aunque eso era muy improbable. Se me había encomendado seguirlo hasta que llegara a su destino y, para eso, era indiferente si lo conocía o no. Sólo debía evitar que él supiera que estaba siendo seguido.

            Con dificultad, se iba abriendo paso entre la gente. A esa hora eran muchas las personas que se desplazaban por la calle. Eso me ayudaba a no despertar sospechas, pero también me hacía difícil no perderlo de vista.

            En determinado momento, apuró el paso, como si de pronto se hubieran disipado sus dudas, y hubiera tomado una decisión trascendente. Eso me obligó a extremar mi atención y no quitar mis ojos de sus espaldas. Noté que, aunque llevaba sombrero, el corte de su cabello me resultaba familiar. No podía quitar de mi cabeza esa sensación de conocerlo, o por lo menos, de haberlo visto antes. Aún sabiendo que ese dato era intrascendente, y que, incluso, podía resultar peligroso, porque me distraía del centro de mi misión. Era vital saber adónde se dirigía, pero aún eso no resultaba claro.

            Me mantuve unos segundos oculto y luego comencé a asomarme muy lentamente, milímetro a milímetro. Él había continuado la marcha. Tal vez, su giro hacia atrás fue un gesto mecánico, intrascendente. Me lancé de nuevo tras sus pasos, aunque ahora resultaba más sencillo, dado que había disminuido la cantidad de gente en la calle.

            Fiel a su ritmo, me mantuve pegado a sus talones, inclaudicable. Cada vez que doblaba en una esquina y se perdía, calle abajo, mi corazón daba un vuelco, ante la posibilidad de perderle el rastro. Por lo tanto, decidí disminuir al mínimo la distancia, aún arriesgándome a que me descubriera. No quería fallar y, en esto, puse todas mis energías.

            Hasta que, de pronto, lo impensable: al llegar a una esquina, giró hacia la derecha. Diez segundos después, llegaba yo, para girar a mi vez y continuar mi tenaz persecución. Pero él se había detenido a un par de metros de la esquina y se había vuelto hacia mí.

            Fue imposible detenerme a tiempo. Traía demasiado impulso y su gesto me tomó totalmente por sorpresa. El choque fue inevitable. El estallido fue ensordecedor, y los trozos de mi espejo quedaron esparcidos por toda la habitación.