Desde una esquina del tiempo llega el rumor de sus voces. Mucho de lo que susurran a mi oído nunca será conocido. Pero algunas palabras verán la luz del papel, y serán.



viernes, 24 de febrero de 2012

Travesura

            Caminó unos pasos y tuvo que sacarse los zapatos, porque se le llenaron de arena. El suelo de la Luna era blando y sus pies se hundían hasta los tobillos, en el polvo, mezclado con la roca triturada. Nada de esto la sorprendió, ya que eran datos harto conocidos, desde los libros de la escuela.

            Observaba con placer las alargadísimas sombras que, hasta el más pequeño montículo proyectaba sobre el suelo, cuando de pronto divisó una sombra distinta, recta y delgada. Caminó hasta donde ésta se originaba y descubrió una barra de hierro, clavada en el piso. Alrededor, había restos de basura, que la hicieron sentir más cómoda: esto no era tan diferente al lugar de donde venía. Observó con más detenimiento la barra metálica y vio que estaba muy oxidada, y de ella pendían restos de hilo y de tela. No tuvo dudas: en su mente apareció la imagen tan difundida de los astronautas, plantando allí la bandera norteamericana. Dedujo que los desperdicios provenían de la desidia humana que, a trescientos mil kilómetros de la Tierra, no perdía la costumbre de comer y tirar los envoltorios en cualquier lado. Pensando en esto, se alejó presurosa, dando por seguro que también habrían hecho sus necesidades por allí.

            Continuó caminando, a la vez que sacaba de su bolso la computadora portátil. Consultó las mediciones que había realizado durante varios meses, desde el Observatorio, en la Tierra. Por lo que veía, sus cálculos habían sido exactos. Se quitó la mochila que cargaba sobre sus hombros y, de su interior, sacó un largo listón de tela ecológica negra, que fue extendiendo cuidadosamente en el piso. Por las dudas, iba colocando unos pedruzcos lunares, cada cierto tramo, no fuera cosa que alguna brisa inesperada arruinara su experimento. La composición molecular de la tela le permitía extenderla casi indefinidamente, por lo cual pudo caminar varios kilómetros en aquella tarea. Volvió a consultar su computadora y se detuvo. Allí terminaba su trabajo.

            Buscó una roca donde sentarse y, exhausta, sacó una lata de cerveza que bebió con deleite. De más está decir que guardó luego la lata vacía en su mochila, para deshacerse de ella al regreso a la Tierra.

* * * * * *

            Una pareja de enamorados, que se besaban a la orilla del río, elevó sus ojos al cielo buscando, embelesada, la brillante faz de la dama blanca. Atónitos y azorados contemplaron, boquiabiertos, el estrafalario bigote que lucía, esa noche, la sempiterna cara de la Luna.

6 comentarios:

  1. Uy...éste no lo conocía...Qué lindo está..! Pero no me puedo imaginar la luna con bigotes...

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  2. ¡Buenísimo! Me gusto el humor sutil del final.

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  3. Hugo, me gustaron mucho tus escritos. Veo algo muy bucólico y sentimental, con humor también. Me gusta esa idea del relato pequeño, corto, que es como un microcosmos narrativo. Eso trato de cultivar yo con mis microrrelatos.
    Gran abrazo.

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    1. Gracias, Luis. Me pone muy contento que te hayas molestado en leer y comentar. De a poco voy entrando en tus relatos. Un saludo.

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