Desde una esquina del tiempo llega el rumor de sus voces. Mucho de lo que susurran a mi oído nunca será conocido. Pero algunas palabras verán la luz del papel, y serán.



miércoles, 30 de mayo de 2012

Resaca


Cuando se despertó, ya la mañana estaba avanzada. No descorrió las cortinas, no hubiera soportado el resplandor del sol.

El recuerdo de la pasada noche de copas, se transformó en náuseas. Fue a la cocina, a prepararse un café, y encendió el televisor. Puso un noticiero, necesitaba saber en qué día estaba viviendo.

El presentador hablaba de una nueva víctima del asesino serial... ¡Cuánta locura! ¡En pleno siglo XXI, alguien se dedicaba a desangrar a mujeres jóvenes, al estilo del conde Drácula!

Fue a beber un sorbo de café, y el tintineo de sus colmillos contra el borde de la taza lo trajo a la realidad.
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viernes, 25 de mayo de 2012

Espectador


El hombre tenía las piernas estiradas, con los pies apoyados sobre la pequeña mesa, que estaba cubierta de platillos con restos de comida. Había varias botellas vacías alrededor del sofá, y el cenicero desbordaba de colillas.


En la pantalla del televisor, la película llegaba a su momento más emotivo: el protagonista lograba rescatar a la muchacha, eliminando a todos sus captores, y la tomaba entre sus brazos, para declararle su amor.

Pero el hombre no pudo disfrutar del desenlace. Hacía más de media hora, el paro cardíaco había sido fulminante.
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jueves, 24 de mayo de 2012

De precauciones se trata


El viento, fortísimo, sacudió violentamente mi casa, y poco a poco, la fue desmantelando.

Afuera, en las sombras, brillaron por un instante aquellos ojos, que me venían acechando desde hacía varios días. No tuve otra opción que huir. Mi vida dependía, ahora, de mi velocidad.

Mientras corría, sintiendo muy cerca el fétido aliento de mi perseguidor, recordé las sabias palabras de mi hermano mayor. ¡Cuánta razón tenía!

Nunca debí construir mi choza de paja.

domingo, 20 de mayo de 2012

Vacaciones


           Parecen estrellas de mar. Giran... Giran... Sus brazos ondulan... Pero se ven enormes, y están suspendidas en el aire de mi dormitorio. Sí, reconozco mi habitación, aunque las paredes aparecen pintadas de colores fluorescentes, y los rincones han adquirido una oscuridad tan profunda, que me resulta imposible definirla.

            Desde allí, desde esos ignotos rincones,  me llegan voces, en animada conversación. Una de ellas es, claramente, la de mi abuela Orietta. Sí. Es inconfundible. La he extrañado mucho, ya hace dos años que murió. Entonces... ¡Claro! ¡Estoy soñando! Respiro, aliviado. Ya había empezado a preocuparme.

            Bebo un poco de agua, del vaso que está sobre la mesa de luz, y me dispongo a dormir nuevamente. Mañana es mi día libre, por lo que he apagado el reloj y el celular. Tal vez esa extraña danza de las estrellas de mar me sirva de arrullo, para conciliar el sueño.

            No sé cuánto tiempo he dormido. El estridente sonido de mi celular me saca, violentamente, del pozo profundo en que me veía, girando. Los párpados me pesan y, entre el embotamiento que me produce la somnolencia, alcanzo a distinguir que no es la alarma, sino una llamada. Atiendo, y de nuevo la sorpresa me invade

            — ¡Hola! ¡Mi nieto querido! ¿Cómo has estado? Soy tu abuela, Orietta.

            Mis labios se mueven, maquinalmente, y sé que he pronunciado algunas palabras, pero no escucho mi propia voz.

            — Claro que sí, cariño — su voz me suena como si la tuviera al lado— ¿Sabes?
Hace un momento estaba hablando de ti, con unas amigas. Les contaba de tu afición por el mar. Espero que mi accidente no te haya afectado, al punto de que reniegues de tus gustos.

            Mi abuela viajaba en un crucero, que se hundió cerca de las costas de Italia. Fue un accidente tonto, pero se cobró muchas vidas. Mientras las imágenes pasan por mi mente, le respondo algo, que tampoco puedo escuchar.

            — ¡Me alegro muchísimo! Eso me tranquiliza, y realmente hará más llevadera mi estancia aquí. ¡Te quiero mucho! ¡Un beso grande!

            Y cortó.

            Todavía aturdido, voy a dejar el celular sobre la mesa de luz, pero está llena de algas, que tengo que apartar. Entonces, recuerdo que había apagado el aparato, antes de acostarme. Comprendo que, nuevamente, estoy soñando. Esta vez el alivio es mayor. Por supuesto que mi abuela fue un ser muy especial para mi, y es lógico que la recuerde, aún en sueños. También es comprensible que aparezca el mar, dada la fascinación con que me atrae, desde niño. Pero la voz me ha sonado tan nítida, que todavía estoy estremecido por el horror.

            No se vislumbra, aún, la claridad del amanecer, pero decido que es mejor levantarme. Tal vez, más tarde, intente dormir otro poco. Me incorporo en la cama y, al bajar los pies, buscando mis pantuflas, éstos se hunden en el agua helada. El contraste entre el calor de mi piel, saliendo de entre las sábanas, y el frío inesperado del agua, termina de despertarme. ¿Qué está pasando? ¿Otra vez, la tubería del baño? Descalzo, camino hacia allí, notando que piso algo blando... ¡Arena! ¿Cómo es posible? ¡En el piso de mi dormitorio! ¡Ni siquiera en una inundación, estoy en un tercer piso!

            Me digo a mi mismo que debo tranquilizarme. Todo debe tener una explicación racional. Calma... Calma. ¡La ventana! ¡Eso es! Abrir, observar la noche, dejar que entre el aire fresco. Eso me ayudará a pensar. Camino hacia la pared, ya mis pies se han acostumbrado al frío del agua, dándome la sensación de que estoy totalmente sumergido. Intento abrir, pero... ¡Qué distraído! ¡Con mi experiencia, y no recordar que los ojos de buey no se abren! Me sonrío, agradeciendo que nadie me esté observando.

            Me dirijo al pasillo, viendo de reojo que ya el agua cubre la cama y la mesa de luz. ¡El celular! Pero ya es tarde. El agua, que se mece suavemente, ha deslizado el aparato, que se hunde rápidamente. ¡Qué contratiempo! ¿Cómo haré, ahora, para comunicarme con mi abuela, que viaja en un camarote al otro lado del barco?
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lunes, 14 de mayo de 2012

Martes y Sábados


             — No importa lo que haya hecho, ni lo que digan de él. Es mi nieto, y punto – dijo Etelvina, y salió de la pieza, apartando de un manotazo el raído trozo de tela que hacía las veces de puerta.


            Afuera, caía una fría y pertinaz llovizna. Todo se iba transformando, lentamente, en barro. Parecía que hasta los pensamientos se mezclaban, en una pasta pegajosa, con la tierra greda empapada.

            Pero a Etelvina nada de eso le importó. Con un pesado bolso en cada mano, se lanzó al camino que conducía al pueblo, si es que se podía llamar camino a aquel tortuoso sendero, donde competían las piedras, los yuyos, y las profundas huellas de los carros, que ahora aparecían llenas de un agua espesa y amarronada.

            El obeso cuerpo de la mujer se bamboleaba, equilibrando su andar con el peso de los bolsos. Aunque eran las dos de la tarde, la plomiza cortina de agua se había robado la luz. La silueta borrosa de Etelvina parecía un enorme pato, que avanzaba trabajosamente por el lodazal. No llevaba nada para protegerse de la lluvia, por lo que el agua se iba adueñando de sus cabellos y de su ropa, aunque no de los bolsos, que estaban bien envueltos en sendas bolsas de plástico.

            Llevaba unas viejas botas de cuero, agujereadas, que no hacían más que entorpecer su caminar, dado que, a cada paso, el barro se les adhería y se llenaban de agua, resultando cada vez más pesadas.

            Tras un rato, que pareció eterno, sus pasos comenzaron a sonar más firmes, en las primeras calles asfaltadas del pueblo. Se detuvo un momento, para alivianar sus botas del molesto barro, y quitarse los cabellos de la cara. Aterida, ya no sentía el frío. Sólo quería llegar a su destino.

            El badajo golpeó tres veces la campana de la iglesia. No se había extinguido aún el sonido del bronce cuando, entre el húmedo gris de la tormenta que arreciaba, apareció la mole, aún más oscura, del edificio de la cárcel.

lunes, 7 de mayo de 2012

Falso testimonio


             La serpiente se arrastraba, sigilosamente. El único sonido audible era el roce de su escamoso vientre, contra el pasto. Unos veinte metros más adelante, un hombre y una mujer discutían acaloradamente.

            De pronto, se escuchó una potente voz, aunque el reptil no pudo ver a nadie. La nueva presencia hizo callar a la pareja, y ellos bajaron sus cabezas, avergonzados. El hombre apuntó con su dedo índice a la mujer, y ésta se irguió, desafiante, mientras pronunciaba unas palabras que, hasta hoy, resultan incomprensibles para el rastrero animal.

            Dijo, señalando hacia el bosque:

            — La serpiente me sedujo, y comí.

sábado, 5 de mayo de 2012

El paseo


Ella lucía su pelo atado en dos coletas.
Él llevaba el traje con afectación.
Ella regalaba sonrisas por doquier.
Él caminaba erguido, ajustando su corbata.
Ella saltaba los charcos.
Él buscaba dónde pisar seguro.
Ella lo miraba con ternura.
Él la miraba lleno de orgullo.
            Caminaron de la mano hasta la plaza.
            Eligieron un banco, y se sentaron en silencio.
            El vaivén de los columpios fue la música de fondo.
Él se puso serio, y buscó las palabras adecuadas.
Ella lo miraba, expectante.
Él hizo todo lo posible por disimular.
Ella lo tomó de las manos, casi suplicante.
Él habló, finalmente:
— Tú ganas. Después que juegues con tus amiguitas, te llevaré a tomar un helado.
Ella se colgó, feliz, del cuello de su abuelo.


jueves, 3 de mayo de 2012

Una locura


Sobre su escritorio había un montón de papeles que esperaban su firma y el golpe de gracia otorgado por el Sello Real.

Dedicaba, cada día, dos o tres horas a esta tarea. No se tomaba la molestia de leer el contenido de los papeles, que ya venían preparados por su séquito de ocho secretarios. Tampoco hubiera sido posible, dado el gran volumen de documentos que le llegaban.

En realidad, hubiera deseado pasar esas horas jugando al golf, o disfrutando en alguna de sus mansiones, distribuidas estratégicamente por todo el país. Pero el cumplimiento de ciertos protocolos –aunque mínimos-, le aseguraba mantener su poder político y social, además de las jugosas expensas con que podía sostener su status y el brillo de toda la parafernalia con que se rodeaba. Su familia era grande y se extendía cada vez más, al irse casando sus hijas e hijos. Tenía, además, el nexo indispensable con otras familias reales, no fuera cosa que se debilitara el azul de la sangre.

Firmaba y sellaba, casi sin mirar, pero uno de aquellos papeles le llamó la atención, por su colorido. Su rostro se iluminó con una sonrisa. A su memoria vinieron lo espléndidos días pasados en aquel país exótico: las majestuosas fiestas, las playas paradisíacas, las excursiones de cacería... ¡Qué más da, que algunas especies estuvieran en extinción! En su opinión, algunas pieles son imposibles de imitar sintéticamente, y no le parecía justo que la reina luciera en su ropa algún burdo invento de laboratorio.

Rubricó aquel documento con satisfacción: las arcas del Estado quedaban así autorizadas a pagar los cuantiosos gastos en que había incurrido durante su paseo. ¡Ah! ¡Los súbditos! ¡Deberían sentirse orgullosos! Gracias a sus aportes, la monarquía aparecía fortalecida ante el mundo y, gracias a ellos, en la próxima boda la reina luciría una estola única, natural, de una suavidad excepcional.

Pensó que ya tenía bastante por ese día. Ya continuaría después con su rutina. Ese último documento le había despertado sensaciones alegres, y decidió regalarse una buena ración de whisky escocés. Se dejó caer en uno de los enormes sillones de cuero repujado, se quitó los zapatos y encendió el televisor. Fue pasando rápidamente los canales, mientras hacía una mueca de disgusto: todos estaban difundiendo imágenes de las marchas de protesta, organizadas por todo el país. La crisis económica golpeaba fuerte a la población; el desempleo era altísimo y la gente perdía sus casas, sus bienes y sus esperanzas. ¡Qué fastidio! Tomó el control remoto y, tras apagar el aparato, lo lanzó lejos, al otro lado de la sala.
* * *
El golpe que dio contra la pared coincidió con el de una rama contra mi ventana, y me desperté. Era una noche de tormenta y viento. Me senté en la cama y encendí la luz. No hubiera necesitado despertarme para saber que todo había sido un sueño, ¡claro que no! ¡Estamos en el Siglo XXI! ¿Quién podría siquiera imaginar que a estas alturas subsistiera alguna monarquía? ¡Sólo en la locura de los sueños!

Apagué la luz y me dispuse a seguir durmiendo, con la tranquilidad de un bebé. Tal vez ahora pudiera soñar con algo más realista... Bueno, algo más...real, de realidad, ¿me entienden? 

martes, 1 de mayo de 2012

Pericia técnica


            Sonó un seco estampido. Algunos transeúntes voltearon la cabeza, sorprendidos. A mitad de la cuadra, el murmullo de voces fue creciendo.

            El hombre caminó dos pasos, tambaleante, y luego se desplomó. Cayó sobre su costado derecho, golpeó su hombro y su cabeza y luego giró pesadamente, hasta quedar boca abajo, con los brazos abiertos y la cara pegada al piso. Unos metros a su alrededor, se fue formando rápidamente un círculo de rostros curiosos, y el morbo comenzó su obra.

            Desde un comercio cercano llamaron a la policía, y alguien se acercó con un trozo de lona para cubrir el cuerpo. Llegó un patrullero con las luces y la sirena encendidas. De él, bajaron cuatro policías y comenzaron a interrogar a los presentes: ¿Quién es este hombre? ¿Alguien vio al que disparó? ¿Por dónde huyó? ¿Era uno solo? ¿Podrían describirlo? ¿Saben si este hombre tenía enemigos? ¡Por favor, llamen una ambulancia! ¡El forense! ¡No toquen nada!

            Mientras los agentes anotaban los testimonios en sus libretas, llegó el médico forense y, detrás suyo, una ambulancia, aguardando la orden de retirar el cuerpo.

            En ese momento, desde el hotel que estaba enfrente, salió el propietario, corriendo y gritando hacia los policías:

            — ¡Ayuda! ¡En el segundo piso, uno de los clientes se pegó un tiro! ¡Ayuda!

            Todos se giraron a mirarlo, sorprendidos, y por unos momentos, reinó la confusión.

            Hasta que uno de los presentes advirtió el detalle:

            — ¡Esperen! ¡Todos escuchamos un solo disparo!

            Y todos, al unísono, dirigieron sus miradas al cuerpo del hombre que estaba tirado en el suelo. Y todos, al unísono, tuvieron la mayor de las sorpresas, al verlo sentado junto al forense, con los ojos desorbitados por lo que veía a su alrededor.

            Tres metros más atrás, una baldosa suelta lo había hecho tropezar, con tan mala fortuna que, al caer, golpeó su cabeza y se desvaneció por un momento.


domingo, 22 de abril de 2012

Obediencia


            No tenían derecho a obligarlo a realizar aquella tarea. Podían hacerlo, pero no era justo.

            Repasó una y otra vez las órdenes que figuraban en el papel. Y cada vez que llegaba al final de la hoja, su enojo era mayor. ¿Qué se habían pensado? ¿En nombre de qué trasnochada autoridad dictaban ese tipo de órdenes? La creciente rebeldía le hacía temblar las manos y caminaba de un lado a otro de la pequeña habitación, como una fiera enjaulada.

            Se dirigió hasta el mueble — el único que había, aparte de la cama — sucio y desvencijado. De un estante, tomó una botella, de la cual bebió directamente, a grandes tragos, pasándose luego el antebrazo por la boca, para restañar los restos de bebida que caían por sus comisuras.

            Pensó en ellos. En aquel mismo momento, estarían frente a todos los medios de prensa, explicando — a su manera— la situación. Ante tanta falsedad e hipocresía, se le revolvió el estómago. Volvió a tomar la botella y la apuró hasta la última gota.

            Puso un momento su mano contra el pecho, sobre el bolsillo de la camisa, donde siempre llevaba una fotografía de su familia. Era una forma de no desprenderse totalmente de la realidad. Era un hilo delgado, que lo tironeaba desde el fondo de aquel horror, y lo elevaba, apenas, sobre la frontera de la locura.

            Miró sin ver, por última vez, aquel maldito papel. Luego lo arrojó al piso, tras acercarle un fósforo encendido. Esperó hasta que las cenizas se esparcieron por la pieza, empujadas por el viento frío que entraba por debajo de la puerta.

            Se dirigió nuevamente al mueble y tomó la pistola. Como un autómata, la revisó y la cargó. La colocó en la funda que llevaba a la cintura y salió afuera.

            Enfrente, a pocos metros, en un hediondo cobertizo que hacía las veces de calabozo, el hombre lo vio venir y comprendió. Lo miró con lástima, sin miedo, con la firmeza de quien sabe que ha cumplido hasta el final.

            El único árbol que había en aquel páramo se estremeció con las dos primeras detonaciones. Una paloma blanca, que anidaba entre sus ramas, voló, asustada, y se perdió hacia el horizonte.

            La última detonación quebró nuevamente el silencio y su eco se disolvió en el aire.

            La calma lo cubrió todo, como un sudario que ahogó el gemido de la tierra que, en dos lugares, se fue cubriendo lentamente de rojo.

domingo, 15 de abril de 2012

Tras sus huellas


                Tuve que saltar ágilmente para ocultarme tras un saliente de la pared. No podía permitir que me descubriera, y ahora él estaba girando su cabeza hacia atrás, como si desconfiara.

            Yo no había logrado ver su rostro, aún. Comencé a seguirlo desde el momento en que salió del lugar indicado y me mantuve a una distancia prudencial, para que no adivinara mi presencia. Al principio, caminó muy lentamente, como absorto en sus pensamientos. Incluso, se detuvo un par de veces, como dudando si continuar o no. Pero nunca volteó hacia mí.

            Un aire en su manera de caminar daba leves toquecitos en mi memoria, como buscando la similitud con alguien que yo conocía, aunque eso era muy improbable. Se me había encomendado seguirlo hasta que llegara a su destino y, para eso, era indiferente si lo conocía o no. Sólo debía evitar que él supiera que estaba siendo seguido.

            Con dificultad, se iba abriendo paso entre la gente. A esa hora eran muchas las personas que se desplazaban por la calle. Eso me ayudaba a no despertar sospechas, pero también me hacía difícil no perderlo de vista.

            En determinado momento, apuró el paso, como si de pronto se hubieran disipado sus dudas, y hubiera tomado una decisión trascendente. Eso me obligó a extremar mi atención y no quitar mis ojos de sus espaldas. Noté que, aunque llevaba sombrero, el corte de su cabello me resultaba familiar. No podía quitar de mi cabeza esa sensación de conocerlo, o por lo menos, de haberlo visto antes. Aún sabiendo que ese dato era intrascendente, y que, incluso, podía resultar peligroso, porque me distraía del centro de mi misión. Era vital saber adónde se dirigía, pero aún eso no resultaba claro.

            Me mantuve unos segundos oculto y luego comencé a asomarme muy lentamente, milímetro a milímetro. Él había continuado la marcha. Tal vez, su giro hacia atrás fue un gesto mecánico, intrascendente. Me lancé de nuevo tras sus pasos, aunque ahora resultaba más sencillo, dado que había disminuido la cantidad de gente en la calle.

            Fiel a su ritmo, me mantuve pegado a sus talones, inclaudicable. Cada vez que doblaba en una esquina y se perdía, calle abajo, mi corazón daba un vuelco, ante la posibilidad de perderle el rastro. Por lo tanto, decidí disminuir al mínimo la distancia, aún arriesgándome a que me descubriera. No quería fallar y, en esto, puse todas mis energías.

            Hasta que, de pronto, lo impensable: al llegar a una esquina, giró hacia la derecha. Diez segundos después, llegaba yo, para girar a mi vez y continuar mi tenaz persecución. Pero él se había detenido a un par de metros de la esquina y se había vuelto hacia mí.

            Fue imposible detenerme a tiempo. Traía demasiado impulso y su gesto me tomó totalmente por sorpresa. El choque fue inevitable. El estallido fue ensordecedor, y los trozos de mi espejo quedaron esparcidos por toda la habitación.

lunes, 9 de abril de 2012

Demoledor


El puñetazo le dio de lleno en la cara y le hizo perder el equilibrio. Se golpeó contra la pared y ésta se resquebrajó, dando toda la impresión de que la casa iba a desmoronarse de un momento a otro. Mientras intentaba levantarse, sacudiendo la cabeza, aturdido, alguien trajo un largo tirante de madera, que encajó firmemente en la estructura, para evitar la caída del techo. Como se distrajo, mirando aquella solución de emergencia, el segundo puñetazo lo tomó totalmente desprevenido. Justo en el mentón, de abajo hacia arriba. Fulminante. Su cuerpo se elevó, para después caer con todo su peso sobre la mesa del comedor, que se hizo añicos. La misma persona que había sostenido el techo fue quien trajo los trozos de hielo que lo reanimaron. Todo giraba, sicodélicamente, a su alrededor.

            Hasta que todo se detuvo, bruscamente, tras una combinación de golpes: uno al ojo izquierdo y otro al derecho. Mientras se tambaleaba, observó que, desde la cercana Catedral, iban saliendo los novios, entre la algarabía de la gente, que les lanzaba puñados de arroz. Todos gritaban, aplaudían y reían. En ese momento, comenzaron a sonar las campanas.

            Milagrosamente, se mantenía en pie, cuando el técnico lo abrazó y lo llevó hasta su esquina.

            — ¡Tienes que defenderte! ¡Si te sigue golpeando así, vas a tener alucinaciones!

domingo, 8 de abril de 2012

Vienen


Vienen
y golpean, como golpean
las olas en la playa,
y se vuelven al mar
para volver, siempre.

Vienen
y se van, como se van
las golondrinas, emigrando,
buscando calidez
en otros prados,
para volver, siempre.

Vienen
y me inquietan, como inquietan
las presencias agoreras
de los cuervos,
que rondan su presa
para volver, siempre.

Vienen
y me dejan, si me dejan,
sabor amargo de pasado y de futuro
no resueltos,
que nunca se van,
y vuelven siempre.

sábado, 31 de marzo de 2012

Rumbo a la noche


Has subido al autobús, con el corazón palpitante y las palmas de tus manos húmedas, por los nervios. Tu bolso va liviano. Llevas poco, a más de la prisa y la decisión.

Los edificios de la gran ciudad, que tanto te asfixian, ahora pasan veloces, hacia atrás, y se van quedando allá, en el lugar donde juntaste coraje para iniciar el camino.

También se quedan allí, atrás, la sorpresa de tu novio mañana, cuando lea tu carta, escrita en el último minuto, y la melancolía de Marzio, tu gato fiel, que ha entibiado tus manos durante las eternas madrugadas insomnes.

Y quedan, también, tus pequeñas amadas posesiones: la colección de muñecas de tela, que te acompaña desde la adolescencia y la media docena de bonsái, que has tenido la paciencia de cultivar, en ese claustro de treinta metros cuadrados, que se asoma a un décimo piso, y desde el cual puedes contemplar la deprimente faz de otro edificio, más alto y más gris.

Ahora, miras hacia delante. Ves el paisaje, monótono e interminable, y las líneas, blancas y amarillas de la ruta, que se pierden abúlicamente bajo la marcha cansina del vehículo. Será un viaje largo, pero sabes que será un viaje de vuelta: el de ida, lo has hecho tú, viviendo, malviviendo, desde el día en que naciste.

Porque hacia allí te diriges: hacia ese día en que la luz te dolió en los ojos por primera vez. Ese día en que pudiste ver los rostros de quienes, después, serían la razón de tus tormentos.

Las sesiones de hipnosis, a las que concurriste con tanto miedo e ilusión, te permitieron sentir, claramente, el rechazo que generaste en aquellos que debían amarte. Las penurias que siguieron, día tras día, las recuerdas con sólo cerrar los ojos, aunque desearías no hacerlo. Cada imagen que viene de tu pasado, es un fino puñal que abre una nueva herida, destinada a no cerrarse.

No fuiste niña. Nunca te lo permitieron. Debías pagar la culpa de haber nacido y la pagaste con encierro, oscuridad y golpes. Nada de juegos, ni escuela, ni cariño. Sólo odio, sordo e intenso: irracional. Pero un odio que no se atrevió a matarte en el vientre, y que nunca dio el golpe definitivo contra las descascaradas paredes de la miserable casa.

Había, sembrada en ti, una luz inextinguible. Una extraña fortaleza te mantuvo aferrada a los atisbos de vida que te llegaban a través del ventanuco de la pieza. En las casuchas vecinas había niños, perros, risas... Historias que podían catalogarse como normales, aunque hundidas, también, en la miseria.

El autobús se detiene, en medio de la nada, para levantar un pasajero. Eso te distrae y te evades de la tristeza de los recuerdos. Buscas un pañuelo, y recoges con cuidado esas lágrimas, que sientes como perlas.

Observas el entorno. Todo lo que ves es desconocido para ti. Sólo pasaste una vez por ese camino, hace muchos años, y venís huyendo. No tienes imágenes de aquel trayecto, porque en tu mente sólo habían dos cosas: el dolor que dejabas atrás, y la pequeñísima luz de esperanza que adivinabas delante. Tenías diez años, pero habías vivido un siglo.

La familia que te encontró, desmayada a un costado del camino, te salvó la vida. Pero luego, tuvo que darte una vida nueva. Aterrada, desnutrida, analfabeta...tenías miedo hasta de las caricias, porque no las conocías.

Ellos fueron tus ángeles, y decidieron ser tus padres, aunque ya eran ancianos. Doce años junto a ellos redescubrieron en ti al ser humano, aunque las huellas del horror no se han borrado todas, prueba de ello es este viaje.

Los ancianos se amaban entrañablemente, así que cuando uno de ellos murió, el otro no tardó en seguirlo. Pero ya habían hecho su obra, y esas partidas no fueron traumáticas para ti.

Te has hecho más fuerte. Has recibido una excelente educación y has conocido muchas personas. Eres una mujer independiente, vives con austeridad y valoras cada logro, porque sabes lo que es ser nadie. Porque has sobrevivido a un infierno.

En el horizonte, algunos tonos violáceos anuncian el atardecer. Sabes que el autobús llegará a destino apenas entrada la noche. Te pones algo tensa, esto es el presente, y estás llegando al lugar del comienzo.

De nuevo surgen, desordenadas, las imágenes lacerantes. El útero que te trajo al mundo, tampoco sucumbió a los embates del odio. Por otras dos veces volcó su contenido en aquel ambiente de promiscuidad e ignorancia. Y dos pares de ojos brillantes iluminaron tus días, ayudándote a no desfallecer. Sabes que fuiste, para ellos, la única calidez en medio de aquel frío de muerte.

Hoy de madrugada, muy temprano, te han llamado. Ellos, que sobrevivieron dentro del infierno, te buscaron. Y ahora, cuando te bajas del autobús, intentas reconstruir sus rostros, pero sólo aparecen sombras.

Los que sí aparecen, nítidos, son los ojos furiosos de tu “padre”, antes de cada golpiza. Él, -te han dicho- murió hace siete años, en medio de una orgía de alcohol y de cuchillos. No te inmutaste al escucharlo. Sabías que así terminaría.

Caminas, ya por lugares conocidos. Quince años no han borrado la miseria de aquel barrio, tal vez la han agudizado. Aunque es de noche, y las luces son muy pocas, todavía puedes orientarte por aquellas callejuelas. Tus zapatos –ahora llevas zapatos- se hunden en el barro y te cuesta avanzar, como si una extraña fuerza tratara de impedir que, finalmente, llegues a tu destino.

Ahora sí. Es allí. Hay un poco más de luz. Un farol y algunas velas alumbran, fantasmagóricamente, las mismas paredes destartaladas donde sufriste tus encierros. La cortina que hace las veces de puerta está recogida sobre las chapas del techo y, nada más entrar, te das de lleno contra el fin de tus búsquedas.

Unas pocas siluetas, de pelo enmarañado, rodean una caja, hecha de tablas mal clavadas. Y tú quisieras echarte dentro, para volver a entrar en ese vientre inanimado, y perderte por ese útero que ya no palpita, hacia el oscuro mundo del que nunca debiste haber salido.

martes, 27 de marzo de 2012

Caso cerrado



            — Lo que puedo decirte, es que el hombre estaba tranquilamente sentado, mirando la televisión y bebiendo una cerveza. Hacía una hora, más o menos, que había regresado a su casa. En ese momento sucedió todo.

            — ¿Y por qué lo eligieron a él?

            — Si vas al comienzo de la historia, Joao Francisco –que así se llamaba el hombre-, era oriundo del sur de Brasil. Siendo muy joven, se vino al Uruguay, para trabajar en la cosecha del arroz.

            — ¡Oye! ¿Y cómo llegó a hacerse millonario?

            — Siempre fue muy ambicioso y, en cuando pudo ahorrar algo de dinero, comenzó a contrabandear alimentos y cigarrillos. No tardó en ceder a la tentación de traficar drogas, dado que por allí había un trasiego importante hacia los balnearios de la costa oceánica. Corrió con mucha suerte y logró llevar a destino todos los envíos, por eso rápidamente se ganó el respeto de sus pares. Terminó liderando una importante banda de delincuentes.

            — También debe haberse ganado muchos enemigos.

            — Eso es lógico. Además, su ambición lo llevó a eliminar a algunos de sus socios, para quedarse con la mayor parte de las ganancias. Esto, a la larga, siempre causa problemas.

            — Entonces, se trató de un ajuste de cuentas...

            — Los investigadores también pensaron eso, pero al analizar las computadoras y los papeles encontrados en la casa, surgieron otras hipótesis. Por otra parte, viendo la escena del crimen, se nota que los métodos no concuerdan con los que utilizan las bandas de narcotraficantes.

            — ¡Se está poniendo emocionante!

            — ¡Sí! Y descubrieron, en una de sus manos, un objeto que delata la presencia de una mujer. Junto con otras muestras, lo enviaron a Buenos Aires, para que allí realizaran un análisis con las últimas tecnologías.

            — ¿Y cuál fue el resultado?

            — Aquí es cuando surgen los problemas. Por eso me has encontrado en este estado. Verás, la policía logró identificar una posible sospechosa. Si los resultados de los análisis concordaban, tendrían el caso resuelto. Pero, al llegar a este punto... ¡descubro que a la novela le faltan las tres últimas páginas! ¿Puedes creer? ¡Me quedé en ascuas!


viernes, 23 de marzo de 2012

Productividad

          Apoyó la mano derecha sobre la gruesa columna de hierro, que sostenía el foco de luz. Sintió que, de sus dedos, salía un calor abrasador y vio como la columna se doblaba, lentamente. Los cables se estiraron al máximo y luego comenzaron a cortarse, entre chispas y descargas eléctricas.
           Se le iluminó el rostro. Aquello, para él, era un espectáculo inefable, que lo revitalizaba.
           Vio que al otro lado de la calle un hombre observaba la escena, aterrorizado. Pensó que todo se le estaba dando a pedir de boca. Hacía diez minutos que se había materializado en este planeta, y ya había obtenido alimento y un espécimen para estudiar.

domingo, 18 de marzo de 2012

El ómnibus


             Salió corriendo a la calle, con el pelo mojado, recogido en una trenza, y el uniforme escolar puesto a medias. Cuando el ómnibus se detuvo en la parada, a ella le faltaba media cuadra para llegar, pero el conductor la conocía, y se entretuvo un poco, para darle tiempo a alcanzarlo. Cuando logró ubicarse en un asiento, soltó el aire de sus pulmones y terminó de arreglarse la ropa. Miró, distraídamente, por la ventanilla. Sus ojos de ama de casa ya no descubrían belleza en aquellos paisajes habituales, todo le parecía monótono. Para colmo, las náuseas del embarazo le hacían muy incómodo el viaje. A la mitad del recorrido, subió un vendedor de caramelos. La insistencia de su pequeño hijo logró que comprara dos bolsitas. Incluso comió algunos, con la esperanza de endulzar un poco la jornada. Cuando llegaron al cruce con la avenida principal, el tránsito estaba detenido, por una manifestación de trabajadores. Se puso muy nerviosa: no quería llegar tarde a la ceremonia de graduación de su hijo. ¡Le parecía mentira! ¡Verlo recibido de arquitecto! Pero la demora no fue demasiado y, en la siguiente parada, subieron sus amigas, sus compañeras inseparables del Club de la tercera edad que frecuentaban.

            El ómnibus se detuvo, y el conductor tuvo que acercarse a su asiento para despertarla.

            — ¡Abuela, despierte! Usted se baja aquí. Mire, ahí están sus nietos, esperándola.

jueves, 15 de marzo de 2012

El último


            — Es un trato.

            Dijo, lacónicamente, mientras guardaba el dinero en su billetera. Era mucho dinero, pero sólo era la mitad de lo convenido. La otra mitad, la recibiría cuando terminara el trabajo, algo que podía darse por descontado, puesto que siempre había cumplido. Eso le había dado un buen prestigio en el ambiente y le permitía exigir un precio elevado.

            En este trabajo, particularmente, pondría en juego toda su profesionalidad, porque pretendía que fuera el último. Sí. Ya estaba cansado, hastiado de todo aquello. Quería retirarse a tiempo, antes de empezar a sentir remordimientos. Y la oportunidad se había presentado cuando aquel hombre, angustiado, solicitó sus servicios sin poner reparos en el costo.

            — El dinero no es problema. Sólo mátelo.

            Él no necesitaba más detalles. Nunca hizo preguntas. Las razones de quién lo contrataba nunca fueron de su incumbencia.

            Dijo una cifra, y el otro aceptó, sin titubeos. Le entregó el dinero, en silencio, y le dejó un sobre con los datos necesarios para ubicar a su víctima.

            — Confío en usted. Es muy importante que no falle.

            Y salió.

            En el sobre, encontró una breve descripción del hombre en cuestión, dos o tres lugares donde solía concurrir habitualmente y algunos horarios. Era todo lo que necesitaba. Su experiencia le dijo, anticipadamente, cuál sería el lugar adecuado, así que comenzó a prepararse.

            El potente rifle, con la mira de largo alcance, se disimulaba perfectamente, desarmado, en un maletín mediano. Se sirvió un vaso lleno de aguardiente y lo bebió a tragos lentos. Había pasado la medianoche, y el hombre que debía matar salía muy temprano a correr por el parque. Allí lo esperaría.

            Condujo hacia el lugar y  aparcó en un lugar discreto y estratégico. Ni siquiera tendría que salir del auto, y tenía varias opciones para huir, si algo se complicaba. Pero conocía muy bien el lugar y sabía que, a la hora que el hombre apareciera, no habría nadie más en las inmediaciones.

            Estaba habituado a las esperas, pero esta vez, tal vez por ser la última, el paso de las horas lo impacientó un poco. Salió un par de veces del auto y caminó unos metros, aspirando profundamente. También recurrió a una pequeña botella de licor, que guardaba en la guantera. Pero cuando comenzó a amanecer, volvió a estar tranquilo, como siempre lo estaba al enfrentar estas situaciones.

            Preparó metódicamente el arma y dirigió la mira telescópica hacia el lugar por donde – sabía – aparecería su víctima, en cualquier momento. Alejó rápidamente el pensamiento de las innumerables veces que había jalado aquel gatillo. No podía dar cabida a los escrúpulos. Un poco más, y ya no volvería a pasar por esto.

            Frente a él, apareció la figura del hombre, por un sendero, entre los árboles. Cerró su ojo izquierdo y observó por la mira. Ajustó la distancia y pudo ver, claramente, el rostro enmarcado en el círculo, atravesado por las delgadas líneas en cruz. Algo se congeló en su pecho y sus manos temblaron, imperceptiblemente. Pero sólo fue un segundo. Enseguida afloró la frialdad de su profesionalismo, que llevaría hasta las últimas consecuencias. Nada le impediría terminar su trabajo. Nada.

            Centró perfectamente su objetivo, y disparó.

            Simultáneamente, soltó el arma y cayó hacia el asiento del acompañante. La bala le había entrado justo en medio de los ojos.

lunes, 12 de marzo de 2012

Jornada


Ha sido una tarde de mucho calor. Al anochecer, se levanta una brisa fresca, pero en el interior de las oficinas, el aire continúa pesado, húmedo, tibio.

Me siento frente al escritorio y tomo mis hojas en  blanco. Quisiera tener la facilidad de muchos escritores, que cuando deciden escribir algo, lo hacen y listo. Nada de luchas infructuosas con la inspiración, ni llamadas estériles a las Musas.

Miro hacia el fichero, donde las tarjetas de los empleados de la fábrica asoman, ordenadas, como teclas o peldaños, pero con números. Unos números grandes, dibujados con tinta oscura, que resalta sobre el suave rosado del cartón. Las Musas deberían marcar tarjeta. Cumplir un horario. Entonces, uno sabría a qué atenerse. Sería sencillo: uno escribiría en el horario –predecible- en que ellas estuvieran activas.

Sigo observando el fichero. Está ubicado justo bajo el aparato del aire acondicionado. Me han prevenido que, en días húmedos, como éste, es muy común que el aparato comience a gotear, y se debe evitar que las tarjetas se mojen. No termino de pensar en esto, cuando veo caer las primeras gotas. Cuando quiero reaccionar, ya es un chorro de agua.

Me pongo de pie, pero el oleaje sacude demasiado el barco. Debo agarrarme con ambas manos a los bordes del escritorio. Espero no sentir náuseas. El mar está embravecido. A la luz de los relámpagos, las crestas de las olas parecen garras, que se ciernen sobre las frágiles siluetas de los veleros. Sí, porque allí, más adelante, alcanzo a distinguir al otro barco, luchando denodadamente contra la tormenta. El viento infla las velas, y se nota la pericia de los capitanes, conduciendo sus naves. Se escuchan los gritos, las órdenes, el rechinar de las maderas, a punto de romperse, el estallido de las olas, golpeando contra el casco, y el agua que cae a raudales sobre la cubierta.

De pronto, tan sorpresivamente como comenzó, la tempestad amaina, y el mar vuelve a quedar sereno. Unas láminas rectangulares se ven flotando por doquier. Debe ser la carga de uno de los barcos, que ha sufrido una avería.

Aún estoy temblando, pero ya puedo soltar mis manos del escritorio y ponerme de pie. Necesito asegurarme que todo está en orden. Sí. El aire acondicionado continúa goteando, pero no alcanzó a mojar el fichero. ¡Qué alivio! Llegué a pensar que aquellas láminas, flotando... Tampoco se han mojado los dos cuadros, con imágenes de antiguos veleros, que cuelgan a los costados del fichero. ¡Son tan bonitos! ¡Parecen tan reales! Sería una lástima que se estropearan.

Escucho unos pasos. Es una Musa, que toma su tarjeta del fichero, y marca su salida.

Hugo Jesús Mion.

jueves, 8 de marzo de 2012

8 de Marzo - Día Internacional de la Mujer

CONMEMORACIÓN

            El 8 de Marzo amaneció sereno. Un sol dorado se encaramó a una leve bruma tempranera, para asomarse al camino —ascendente y rutinario— que lo llevaría hacia el mediodía.

            La mujer acalló a tientas el pitido invasivo del despertador, y, saliendo de quién sabe qué sueños, se dispuso a enfrentar una nueva jornada.

            Con los minutos contados, para el aseo y un minúsculo desayuno, salió a la calle para alcanzar apenas el ómnibus que la llevaría al trabajo.

            Una hora después, su silueta se alineaba, junto a otras, al frente de la fábrica, para registrar su ingreso en el reloj tarjetero.

            Mecánicamente sacó su tarjeta de la cartera. Por enésima vez, en tantos años, renegó de la fotografía, que tan poco la había favorecido. Colocó el plástico en la ranura y presionó la tecla de “entrada”. Deslizó la tarjeta hacia abajo y escuchó el sonido impersonal de confirmación.

            El suspiro de resignación se vio interrumpido por la voz amable del portero, que le decía:

            —Buenos días. ¡Feliz día de la mujer!

            Ella giró, sorprendida, hacia la voz. Luego, volvió a mirar la pantalla iluminada del reloj, que le decía claramente: 8 de Marzo.

            Una sonrisa cansada, que le entibió levemente el rostro, preludió aquellas palabras, que sonaron dolorosamente hondas:

            —Gracias. No lo recordaba. Pasa que aquí, a veces, me olvido que soy mujer.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Tonalidades

La Luna se bebió toda la sangre del atardecer. Luego esperó, agazapada tras los negros nubarrones y, al amanecer, se hundió despacio en el vientre brumoso y pálido del horizonte, dibujándole un disco de un rojo tan intenso, que conjuró a la furia de la tormenta y obtuvo, como séquito, una pléyade electrizante de relámpagos.

Es sabido que el Sol, al despertarse, lloró sobre la tumba escarlata de la Luna.
Buscando acariciarla, sus rayos se mancharon, por eso, cuando quiso pintar las primeras nubes matutinas, provocó un incendio de amor, y todo fue arrebol.

martes, 6 de marzo de 2012

Equilibrio

            Tuvo que pararse sobre las puntas de sus pies, y estirar al máximo su brazo derecho para poder introducir la mano en el agujero. Era un hueco pequeño, en lo alto de la pared. Su mano entró ajustadamente y sus dedos palparon el interior. Sintió algo blando y tibio, que se movía y luego, una leve punzada en la yema de su dedo anular.

            Había actuado maquinalmente, sin pensar, tal vez impulsado por el enojo que le causó ver aquel orificio en la pared que el día anterior había culminado de arreglar y pintar.

            Pensó en un nido de pájaros, e incluso, de ratones. Pero le pareció imposible que hubieran horadado el material en tan poco tiempo.

            Decidió traer una escalera, y salir de dudas. Aquello le parecía muy extraño. Aflojó la mano, para sacarla del hueco, pero ésta se atascó en los bordes de la entrada. Respiró profundamente, para tranquilizarse. Sabía que, si estaba tenso, dificultaría la tarea. Intentó de nuevo retirar la mano, pero fue imposible. La posición de su cuerpo era muy incómoda y ya sentía el cansancio en el arco de sus pies.

            Su mente trabajaba a toda velocidad, tratando de encontrar la solución, cuando empezó a sentir un leve hormigueo en la punta de los dedos. Entonces, se dio cuenta de lo que pasaba: su mano se había hinchado considerablemente. Fuera lo que fuera que estaba allí dentro, lo había picado o mordido.

            Un sudor frío bajó por su frente y corrió por sus mejillas. Elevó su mano izquierda hacia el hueco y palpó los bordes de la entrada. Eran demasiado duros para sus dedos. No entendía cómo algún animal o insecto podía haber taladrado la pared de ladrillo, cubierta por una gruesa capa de revoque, en una sola noche.

            Mientras pensaba, sentía que su mano se hacía cada vez más grande, y también aumentaba su desesperación. Estaba solo. Había elegido vivir en aquella zona apartada para poder realizar sus investigaciones con más tranquilidad.

            Giró la cabeza cuanto pudo y alcanzó a ver su celular, sobre una mesita pequeña, inalcanzable, a dos metros de distancia.

            Pasado un momento, ya no sintió su mano. Miró hacia arriba y vio la parte que sobresalía de su muñeca, totalmente amoratada.

            Aquello era una verdadera pesadilla. No lo podía creer. El día anterior había trabajado hasta tarde, para terminar de pintar esa pared, y en la mañana se había levantado cansado. Tal vez por eso, semidormido, había metido la mano allí dentro, sin pensar. Y ahora, no podía moverse. Veía que los bordes del agujero se clavaban en su carne, pero no sentía dolor. Ya tampoco sentía nada en sus entumecidos pies.

            De repente, escuchó un zumbido y pudo ver, con asombro, como varios animalitos peludos se posaban en la pared, separados por unos cuantos centímetros. Eran realmente extraños: una pequeña bola, cubierta de pelo suave, en la que se veían tres ojos, oscuros y penetrantes. Del cuerpo de cada uno, fue saliendo una especie de tornillo que, silenciosamente, comenzó a introducirse en la pared.

            Sentía la boca reseca, y la espalda rígida. Tuvo la certeza de que iba a morir.

            Una voz, que no era audible, sino que llegaba directamente a su cerebro, provino de uno de los seres:

            — Sus teorías resultaron acertadas, doctor Torres. Nuestra civilización está muy desarrollada en el Planeta K 2045, adonde ustedes desterraron a nuestra primera generación. Ahora venimos para saldar la deuda.

            Su corazón, al detenerse, le impidió seguir escuchando.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Recuerdos

            El anciano apoyó todo el peso de su nostalgia en el bastón que manejaba con su mano derecha. Estaba parado en la esquina que lo había visto nacer. Volvía a su pueblo, después de cincuenta años de ausencia.

            Su mirada buscaba y rebuscaba en su memoria, pero las imágenes allí guardadas no se correspondían con lo que tenía adelante.

            La plaza... ¡La querida plaza! Aquellas casas, algunas de dos y tres plantas, que se levantaban frente a él, parecían traslucirse, para dejarle ver el espacio que había sido campo abierto para sus juegos.

            Cuántas tardes memorables (las siestas de los mayores), compartidas bajo los árboles, correteando por los caminos empedrados... La curiosidad y el asombro de aquel día en que se colocó el monumento, en el centro. Los primeros faroles, y la fuente...

            Luego, en su adolescencia, contó con la complicidad de la pérgola y de aquellos bancos semi-iluminados, que acunaban amores precoces. Algunos, pasajeros, y otros, como el suyo con Eloísa, prácticamente eternos.

            El recuerdo de su amada lo estremeció y su mano izquierda subió, temblorosa, desde el bolsillo del saco hasta sus ojos, para recoger un par de lágrimas involuntarias.

            Pero no llegaba a convencerse. Nunca había renegado del progreso, pero...destruir aquella plaza tan bonita, para ocuparla con viviendas y comercios, le parecía demasiado.

            Los recuerdos ataron un angustioso nudo en su pecho y, cabizbajo, se dispuso a esperar a su hija, que había entrado en la panadería, al otro lado de la calle.

            La mujer se acercó, le tomó el brazo con ternura y se dispusieron a caminar hacia la casa. Ella notó que algo no estaba bien.

            — ¿Qué pasa, papá? ¿Estás bien?

            — Sí, hija. Es que...me parece mentira. Todas estas casas, los comercios... ¡Ocupando el lugar de mi querida plaza! ¿En nombre de qué, han hecho tal barbaridad? ¿Recuerdas todo lo que te he contado de mis años mozos? Entonces, sabes que esa plaza era entrañable. Y no sólo para mí. Lo ha sido también para muchos de mi generación.

            — ¡Ay, papá! ¡Claro que recuerdo todo eso! Pero... ¡No te preocupes! Hace mucho que no venías al pueblo, y tu memoria ya no es la de antes. Tu plaza, tan querida, está dos cuadras más abajo. ¡Y está igualita! ¡Vamos a verla!

viernes, 24 de febrero de 2012

Travesura

            Caminó unos pasos y tuvo que sacarse los zapatos, porque se le llenaron de arena. El suelo de la Luna era blando y sus pies se hundían hasta los tobillos, en el polvo, mezclado con la roca triturada. Nada de esto la sorprendió, ya que eran datos harto conocidos, desde los libros de la escuela.

            Observaba con placer las alargadísimas sombras que, hasta el más pequeño montículo proyectaba sobre el suelo, cuando de pronto divisó una sombra distinta, recta y delgada. Caminó hasta donde ésta se originaba y descubrió una barra de hierro, clavada en el piso. Alrededor, había restos de basura, que la hicieron sentir más cómoda: esto no era tan diferente al lugar de donde venía. Observó con más detenimiento la barra metálica y vio que estaba muy oxidada, y de ella pendían restos de hilo y de tela. No tuvo dudas: en su mente apareció la imagen tan difundida de los astronautas, plantando allí la bandera norteamericana. Dedujo que los desperdicios provenían de la desidia humana que, a trescientos mil kilómetros de la Tierra, no perdía la costumbre de comer y tirar los envoltorios en cualquier lado. Pensando en esto, se alejó presurosa, dando por seguro que también habrían hecho sus necesidades por allí.

            Continuó caminando, a la vez que sacaba de su bolso la computadora portátil. Consultó las mediciones que había realizado durante varios meses, desde el Observatorio, en la Tierra. Por lo que veía, sus cálculos habían sido exactos. Se quitó la mochila que cargaba sobre sus hombros y, de su interior, sacó un largo listón de tela ecológica negra, que fue extendiendo cuidadosamente en el piso. Por las dudas, iba colocando unos pedruzcos lunares, cada cierto tramo, no fuera cosa que alguna brisa inesperada arruinara su experimento. La composición molecular de la tela le permitía extenderla casi indefinidamente, por lo cual pudo caminar varios kilómetros en aquella tarea. Volvió a consultar su computadora y se detuvo. Allí terminaba su trabajo.

            Buscó una roca donde sentarse y, exhausta, sacó una lata de cerveza que bebió con deleite. De más está decir que guardó luego la lata vacía en su mochila, para deshacerse de ella al regreso a la Tierra.

* * * * * *

            Una pareja de enamorados, que se besaban a la orilla del río, elevó sus ojos al cielo buscando, embelesada, la brillante faz de la dama blanca. Atónitos y azorados contemplaron, boquiabiertos, el estrafalario bigote que lucía, esa noche, la sempiterna cara de la Luna.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Poema a los visitantes

A todos los que visitan el blog: gracias por pasar por aquí y dedicar unos minutos a leer estas letras. Los animo a dejar sus comentarios (entran cada día más de 30 personas, y casi nadie deja un saludo). No tiene que ser un comentario positivo, no tiene por qué gustarle a todo el mundo lo que escribo, y la crítica constructiva es muy valiosa. Tampoco tienen por qué identificarse (aunque sería lo ideal, pues somos personas), hay una opción para aparecer como "anónimo".
Saludos, y de nuevo, gracias a todos.

Hugo.